Antonio Altarriba

…que Hernández y Fernández…

Si Tintín supiera que Hernández y Fernández se dedican a investigar el paso  del tiempo, no saldría de su asombro. Con su habitual pericia indagadora la pareja de detectives permanece al acecho del transcurso de los días y las horas. Toman nota puntual del tráfico clandestino de momentos que la existencia se encarga de organizar de manera tan minuciosa como malévola. Buscan las claves de esa conspiración de segundos y minutos que se suceden implacablemente. Uno tras otro. Uno idéntico a otro.

Para llevar a cabo esta delicada misión Hernández y Fernández disponen de un reloj de bolsillo que, en lugar de dar la hora, devuelve el reflejo. La esfera ha sido sustituida por un espejo, que es la mejor manera de transformar el tiempo en imagen y el instante en viñeta. Como efecto colateral, cuando los detectives se miran en él, el bigote se les mueve acompasadamente, el corazón les suena a despertador y, al dormirse, sus párpados se cierran sobre unas pupilas transformadas en crepúsculo

No abandonan este trabajo ni siquiera cuando acompañan a Tintín en sus aventuras. Por eso, al desplazarse y cambiar de huso horario, deben mudar de aspecto y disfrazarse. Es la única manera de mirar el reloj sin que se produzca algún desajuste temporal. También es esta la razón por la que sus comportamientos son idénticos y sus réplicas equivalentes.

Hernández y Fernández saben que una investigación sobre el paso del tiempo no puede tener fin. Saben igualmente que sus pesquisas cronológicas les han dejado anodinos y repetitivos. Pero no les importa. A cambio gozan de una gran ventaja. No conocen el aburrimiento. Y es que han reducido el tiempo a una simple alternancia de identidades. Tic-tac, tic-tac, tic-tac…

Si Tintín supiera…