
Si Tintín supiera que el profesor Tornasol no está sordo, se quedaría boquiabierto. El profesor Tornasol tan sólo está sintonizado en otra frecuencia de onda. Su paraguas es en realidad una antena parabólica, su bocinilla unos auriculares camuflados y el péndulo un dial para buscar la emisora adecuada. Así que no es que no oiga a sus compañeros. Simplemente, está a la escucha de otros mensajes.
Ha instalado transmisores de alta sensibilidad en los más apartados rincones del mundo con el fin de captar lo imperceptible, al menos lo que nadie es capaz de percibir. Así recibe conversaciones secretas grabadas por loros transistorizados, imágenes de buques hundidos filmadas por tiburones metálicos, rastros de tesoros ocultos localizados por oscilación magnética, espectros impalpables atrapados en bolas de cristal, colores fuera de gama registrados por lechuzas insomnes… Tornasol habita un mundo de ultrasonidos e infravisiones. Se mueve entre lo invisible y lo soñado, entre la alucinación y el espejismo, entre la imaginación y el delirio… Tornasol no es un despistado. Vive en otra dimensión.
Todas estas sutiles grabaciones de Tornasol forman parte de un ambicioso experimento con el que pretende demostrar su teoría sobre la irrealidad del Universo. Obtiene valiosos datos en los que queda patente la limitación de los sentidos y, al mismo tiempo y como consecuencia ineluctable, la evidencia de lo maravilloso.
Según el teorema básico de la teoría de Tornasol, la fantasía es igual al cuadrado de la experiencia multiplicado por la intensidad de la frustración.







Tintín y el loto rosa






