
Si Tintín conociera estos y otros secretos de sus compañeros de aventuras, perdería sus facciones solares y se apagaría ese rayo rubio que se le dispara hacia el cielo. Dejaría de ser radiante e inocente. Descubriría el miedo y se haría receloso e indeciso… Si Tintín se enterara de la vida privada de los demás, si entrara en contacto con la dimensión de lo cotidiano, empezaría a aprender. Y si Tintín aprendiera, acumularía recuerdos y también, claro está, remordimientos. Adquiriría experiencia y también, claro está, frustraciones. Si Tintín aprendiera, empezaría a envejecer.
Si Tintín estuviera al tanto de las actividades de los personajes que le rodean, no conseguiría movilizarlos en torno a sus proyectos. No obtendría su confianza, incluso algunos, avergonzados por sus ocultas aficiones o por sus íntimas desesperaciones, se negarían a compartir con él espacio figurativo. Ninguno de ellos vería en Tintín la oportunidad para iniciar algo nuevo y distinto. No querrían acompañarle en sus peligrosos periplos provistos tan sólo de un poco de convicción y de muchas ilusiones.
Las simpatías y solidaridades que Tintín suscita no las motivas sus conocimientos sino su ignorancia. Sólo porque Tintín no sabe la aventura es posible.







Tintín y el loto rosa






