Antonio Altarriba

Yo, asesino (Keko y Altarriba) en ARGH

RETRATO DEL ARTISTA COMO ASESINO EN SERIE

Reseñar tebeos sin ansias académicas es, de manera inevitable, un acto visceral. Escribir acerca de una lectura consiste en declarar tu amor convencido o tu odio furibundo hacia lo que acabas de leer. Es así. El que intente convencerte de lo contrario te está vendiendo una moto gripada de escasa cilindrada. Reseñar, además, tiene mucho que ver con las expectativas (bloquea de manera inmediata a todo aquel que use la palabra inglesa hype para expresar el mismo concepto).

Con lo que esperas. Con lo que. recibes. Con la diferencia entre ambos valores.

También tiene que ver con la relaciones que mantengas con los autores, real o platónica. La amistad como expresión de cariño sincero entre ellas. Es difícil hablar de las obras de los amigos de forma honesta, sin ser permisivo, laxo o excesivamente entusiasta. Nadie lo reconocerá, pero todo el mundo lo sabe. Opinar es ser parcial. La objetividad no existe cuando expresas tu parecer, porque hablar de lo que te gusta subyace en  la misma definición de subjetividad.

Por suerte, cuando leí ´Yo, asesino´, Antonio Altarriba aún no había adquirido esa categoría de amigo que a veces usamos con alegría y sin la profundidad necesaria. Llegué a esta obra antes incluso que a ‘El arte de volar´, con lo que mi visión y opinión acerca de este guionista fundacional, brillante y cercano a la vez estaba carente de sesgos y vicios. Mi mirada estaba limpia de esa pátina de complacencia que genera el cariño. Y menos mal. ´Yo, asesino´ me voló la cabeza. Soy consciente de lo mundano de mi evaluación , pero no encuentro mejor manera de definir una obra maestra de nuestro amado Noveno Arte. Sin entrar a valorar la colosal labor de Keko en la parte gráfica, ´Yo, asesino´ es un demoledor retrato del alma humana en  toda su descarnada miseria. Es una fotografía quirúrgica de nuestras partes más oscuras; de nuestras pulsiones más repugnantes. Y no lo digo solo por el protagonista, criminal recurrente que se justifica parapetado tras el escudo del arte.

Antonio (y lo llamo Antonio porque Antonio es un amigo) dispara con bala de francotirador contra estamentos y esferas que conoce de primera mano. El mundo del arte (con minúscula) y del Arte (con mayúscula), la Universidad y la piara de fatuos sin escrúpulos que venderían a toda su familia por un sillón más cómodo en su despacho. El nacionalismo, el chantaje moral de los llamados guerreros de la libertad, el mundo de la crítica… nada escapa a la afilada visión del guionista zaragozano.  El asesinato considerado como una de las bellas artes y, sobre todo, el monstruo como posibilidad, sin ambages, sin condicionamiento social. El monstruo porque sí; porque quiere; porque puede.

Todo funciona bien en este excepcional tebeo. La definición precisa y reconocible de cada uno de los actores, el ritmo, el goteo inexorable y magnético de la trama. Una vez empiezas no puedes parar de leer. Como un Hannibal Lecter prerrafaelista obsesionado con la belleza, el protagonista, trasunto visual del propio escritor, mata sin compasión a todo aquel que pretende mancillar la belleza. Y lo mejor es que en lo más profundo de tu fuero interno, te alegras al verle administrar justicia poética con demoledora crueldad. Y es que cuando los buenos no hacen nada, los malos triunfan. Así que, a veces, cuando el malo se encarga de los de su calaña, desarrollamos una empatía malsana que nadie reconocerá. Nunca. De ningún modo. Es la sonrisa que te nace de manera natural cuando al cerdo de turno le llega su sangriento San Martín. Y Antonio lo sabe. Y lo cuenta. Y por eso es un maestro.

Javier Marquina

Texto creado con motivo del premio concedido a Antonio Altarriba VI EDICIÓN PREMIO BARREIRO 2025 ARGH. Ver la publicación original

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