Antonio Altarriba

Amores locos (Laura y Altarriba) en ARGH

EL IMPERIO DE LOS SENTIDOS

No niego que el amor tenga disputas con la vida; afirmo que aquel debe vencer y por eso elevarse a una conciencia poética tal de sí mismo que todo lo que encuentre necesariamente hostil se funda en la hoguera de su propia gloria.

André Breton

La historieta es una actividad que, ejercida a contracorriente, desgasta la voluntad más acerada. La de Antonio Altarriba, hoy guionista de éxito, no ha sido ajena a este proceso de oxidación. En 2003, por ejemplo, llevaba más de diez años alejado de la escena de los tebeos tras una discreta trayectoria marcada por la indiferencia del gran público y por la colaboración con autores de la talla de Luis RoyoRicard Castells o Javier Hernández Landazabal. A rescatarlo de esa renuncia llegó Laura Pérez Vernetti, una de nuestras dibujantes más cultas, exigentes y elegantes, que sabía del interés de Altarriba por el mundo del erotismo y que le propuso emprender un proyecto adscrito a los límites del género. El resultado fue un álbum arriesgado y exquisito titulado Amores locos, que el sello alicantino Edicions De Ponent publicó en 2005 y que, aparte de sus valores estéticos y narrativos, recuperó definitivamente a Altarriba para el mundo del cómic.

Laura era conocida por la atención que, en el catálogo de su bibliografía, había prestado a las manifestaciones de la sexualidad y del deseo, ya fuera en solitario, ya en colaboración con guionistas como el escritor y crítico francoitaliano Joseph-Marie Lo Duca, junto a quien había firmado títulos del calibre de El toro blanco (1989) o la estupenda adaptación de Las 1001 noches (2002). Altarriba también se había volcado en el género, especialmente en su libro de relatos Cuerpos entretejidos (1996), con el que había quedado finalista en la XVIII edición del premio de literatura erótica la Sonrisa Vertical. Imitando la estructura fragmentaria de ese libro, Altarriba escribió para Laura tres historias ambientadas en tres épocas distintas, pero con dos elementos en común: el deseo como motor de la trama y el sexo como juguete sometido al imperio de los sentidos (olfato, tacto y gusto, concretamente).

El espléndido prólogo de Román Gubern revela muchas de las claves ocultas en Amores locos. De entrada, destaca el influjo que, sobre la obra, ejercen las ideas de Georges Bataille, teórico de la unidad entre los impulsos erótico y tanático, o sea, la identificación del sexo y la muerte (al respecto, cabe decir que el instante de abatimiento posterior al orgasmo se conoce en francés como “petite morte”, o sea, “pequeña muerte”). Las tres narraciones que componen este álbum arrancan con una cita de Las lágrimas de Eros, ensayo que el pensador francés dedicó a las manifestaciones del erotismo en la historia del Arte. Valiéndose de esta referencia como detonante argumental, Laura y Altarriba arman tres historietas que giran, cada una de ellas, alrededor de una expresión artística distinta: el arte parietal prehistórico, los conjuntos escultóricos griegos y el movimiento surrealista en la década de 1920. Cada uno de esos motivos se presenta asociado a un órgano sensorial distinto. Para explicarlo, permitidme un resumen breve de su argumento.

La primera historia, titulada “La gruta”, nos traslada a una comunidad paleolítica en el año 13 000 a.C. El desencadenante de esta fábula será la caza de un oso cavernario, que el cazador Purk (homenaje, sospecho, al homónimo troglodita creado por los hermanos Pablo y Manuel Gago) quiere acometer para aumentar su prestigio en el seno de la tribu. Enamorada de Purk, la joven Kaira urdirá un engaño que facilite la cacería. Recubrirá su cuerpo con un ungüento cuyo intenso aroma atraerá a la bestia, que estará indefensa cuando Purk le aseste el lanzazo mortal. Sobre el cadáver aún palpitante del animal, Purk y Kaira se fundirán en un coito desenfrenado. Para sellar su enlace, estamparán con barro y sangre el perfil de sus manos sobre la superficie una roca. Será la primera de muchas estampaciones, no siempre afortunadas.

El barro será el motivo principal de la segunda historia, “El templo”, que nos traslada a la ciudad de Corinto en el año 575 a. C., y que tiene por protagonistas a Aristodemo, aprendiz de alfarero, y a Asfasia, una prostituta sagrada del culto a Afrodita. Como rito de iniciación erótica, el maestro de Aristodemo concertará una cita nocturna entre su pupilo y Asfasia, pero el escarceo -convertido en auténtica obsesión- tendrá efectos nocivos sobre el apetito sexual del joven aprendiz. Como contrapartida, enriquecerá su habilidad para moldear la arcilla, sublimando la libido en bellos objetos de alfarería.

Cierra este tríptico el episodio titulado “El rascacielos”, que protagonizan Nadja (heroína de una de las mejores novelas de André Breton), devotamente enamorada de Cora, que fue su amante durante una noche y a la que, como Aristodemo con Asfasia, no consigue olvidar. Ahora, Nadja pasa las noches en vela frente al apartamento de su amada, situado en la 72.ª planta de un rascacielos. Allí acecha a los amantes circunstanciales e intercambiables de Cora, a los que asalta en el ascensor, acompañándolos en un descenso urgente, acelerado y febril. Pero Nadja, saturada de excesos, perderá la pasión y la capacidad de amar, en cuya recuperación la ayudará Max Ernst, nada menos, con uno de sus ingenios artísticos. El resultado es un tiovivo infernal de agonía y éxtasis que, como la rueda de la fortuna, pondrá patas arriba el mundo de las dos protagonistas.

En este tríptico, el amor resplandece con la llama triunfal del primer encuentro más que con la brasa o los rescoldos que el tiempo deja después a su paso. A la hora de urdir la trama, Altarriba juega con estructuras simétricas o circulares que hacen hincapié en las armonías (y sobre todo las discordias) que entrelazan deseo y destino. A su vez, Laura se sumerge a conciencia en las expresiones estéticas propias de los períodos históricos representados, familiarizándose con ellas e incorporándolas a su estilo, ya sea en la pincelada áspera, arcillosa, casi telúrica, de la primera pieza o en el trazo sinuoso, sofisticado y decadente de la última. El resultado es la obra mayor de un equipo superlativo que tres años más tarde consolidó su sintonía con el lanzamiento de un nuevo álbum, El brillo del gato negro, que abunda en el género erótico versionando libremente dos relatos de Cuerpos entretejidos, y que se ha convertido en una pieza muy cotizada en el mercado del coleccionismo.

A día de hoy, cuando plataformas como Xvideos o Pornhub, y aplicaciones como Onlyfans nos inundan con fantasías sexuales fabricadas casi a medida, el erotismo y la pornografía parecen haberse desvanecido por completo del ámbito de nuestros tebeos. En ese sentido, me parece oportuno reivindicar uno de los títulos que más y mejor ha abordado el amor y el deseo, permitiendo que esas emociones ardan de nuevo en la hoguera de su propia gloria como, hace casi un siglo, reclamaba para ellas André Breton.

Jorge García

Texto creado con motivo del premio concedido a Antonio Altarriba VI EDICIÓN PREMIO BARREIRO 2025 ARGH. Ver la publicación original

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