Escrito por David García Reyes publicado en JOTDOWN Cómics nº8 2024, revista anual de crítica y divulgación del cómic
El largo camino hacia la noche
Los lectores que gustan de explorar conexiones, rastrear intertextos o proyectar referencias pue- den encontrarlas en El cielo en la cabeza (2023), de Antonio Altarriba, Sergio García Sánchez y Lola Moral. Sin embargo, no vamos a deshojar aquí́ la flor, pues no se trata solamente de un mosaico de citas, es mucho, mucho más. Esta novela gráfica es una narración genuina y radical, al mismo tiempo un cómic legible y tremendamente evocador. Un relato que transita por el drama y la aventura, por el amor y la muerte, que se abre sin concesiones y alterna en sus páginas las caras, los rostros, los cuerpos y los caminos de la barbarie. En una primera parte que estremece las entrañas y sacude la sensibilidad, la visceralidad se va atenuando tras tener frente a frente las fauces de la bestialidad humana, gracias a pasajes líricos, virtuosos paisajes y atisbos de algo parecido a la esperanza. Una esperanza que impulsa a Nivek, su protagonista, a sobrevivir. De un superviviente a otro, pues este kadogo, o niño soldado, congoleño está emparentado con Víctor, el huérfano moscovita y personaje principal de la novela La memoria de la nieve (2002), de Altarriba, los dos están unidos por esa reflexión de Rilke que señala la infancia como la verdadera patria del ser humano, aunque muchas infancias sean pesadas losas que arrastrar.
El cielo en la cabeza es una voladura craneal, un fresco violento de este siglo XXI marcado por un mal infinito que encarnan los señores de la guerra del continente negro
El tiempo descoyuntado y turbulento de la historia nos permite reflexionar en torno a los «dioses (demonios más bien)» de la geopolítica, bañados en sangre y ávidos de riquezas. Sujetos grises con una misión concreta: despojar de todo a los habitantes de África, sí, también de la condición humana, otro bien de consumo con el que traficar. El cielo en la cabeza es una voladura craneal, un fresco violento de este siglo XXI marcado por un mal infinito que encarnan los señores de la guerra del continente negro. No obstante, esos sátrapas atroces de nuevo cuño son solamente el incomodo escaparate, los títeres convenientemente manipula- dos por los ejecutivos corporativos y los políticos corruptos que se esconden en las plantas altas de los edificios financieros y gubernamentales de las metrópolis, liderando y encubriendo en la penumbra de sus cristaleras una operación global de latrocinio y usurpación.



















