Antonio Altarriba

CÓMEME

Soy caníbal ¿y qué? No me considero un pervertido ni tampoco un caso único. Es cierto que no nos contamos por legiones, aunque últimamente nuestro número ha aumentado… Digamos que ni escaseamos ni abundamos. Somos, en el más amplio sentido del término, suficientes.  Por supuesto no conozco a todos mis colegas, pero mantengo excelentes contactos con los que conozco. No constituimos secta ni siquiera asociación gastronómica. Compartimos gustos, frecuentamos los mismos locales, tenemos opiniones similares, participamos de idénticos valores, adoptamos modas parecidas… Lo cual nos obliga a una familiaridad casi gremial. Y puedo asegurar que tenemos un aspecto normal. No exhibimos mirada torva, relamer goloso y sorber amenazante. Tampoco vivimos en cabañas tétricas con mazmorra para torturar jovencitas o con frigorífico repleto de cadáveres troceados. Por lo que sé, formamos un colectivo sociable –en cierta medida afable-, razonablemente equilibrado, de alto nivel adquisitivo, culto y, ante todo, lúcido. El hecho de que comamos carne humana no nos convierte en salvajes. Y mucho menos en asesinos.

Para conseguir provisiones no necesitamos salir, nocturnos y babeantes, en busca de presas, a ser posibles tiernas y aterrorizadas. Disponemos de una red estable y apenas clandestina de carnicerías y restaurantes. Y no solemos andar cortos de reservas. Los muertos nos suministran productos de muy variadas edades y calidades. Naturalmente nos aseguramos de que estén sanos. Quiero decir que no hayan muerto por enfermedad, que siempre supone riesgo de infección incluso de intoxicación, sino por accidente o muerte violenta. En nuestro circuito de distribución sólo se ofrecen cuerpos con total garantía. Una vez han superado nuestros controles sanitarios, son eviscerados, cortados en tajos, servidos en raciones de forma que la presentación no se diferencia de la de otras viandas. De hecho, guardo mis reservas alimenticias en la nevera sin que jamás hayan despertado sospechas ni entre los amigos que me visitan ni entre el servicio. Sólo es carne lista para ser comida.

Claro que yo, a diferencia de otros más entregados a la causa, me considero un simple aficionado. No renuncio al placer de comer al prójimo, pero procuro hacerlo con moderación. En realidad y a pesar de la mala prensa, entre nosotros son raros los atracones. Una dieta exclusivamente antropófaga, además de aburrida, puede resultar nociva para la salud. Y eso que las posibilidades culinarias son prácticamente infinitas. Las recetas han proliferado en los últimos tiempos y, para nuestra desgracia, aquí la nueva cocina también ha hecho estragos. Carrilleras en salsa de mango, ensalada de pezones y nueces a la crema de roquefort, yemas de pulgar marinadas en vinagre de Módena, nalga horneada con puré de frambuesas, brocheta de lóbulos y guindas al sarmiento… Y así hasta completar menús más pretenciosos que nutritivos. No obstante, debo reconocer que cada parte de nuestro cuerpo –y esto es una cualidad de la especie nunca resaltada- admite infinidad de tratamientos culinarios. Desde el filete a la plancha mínimamente sazonado hasta el guiso más sofisticado. Y es que el hombre es bueno. Al menos al paladar.

Personalmente soy partidario de platos sencillos que no ahoguen con especias o combinaciones extrañas el sabor original. No creo que la carne humana se preste al embutido, al secado o al salado. Los numerosos intentos de fabricar morcilla a partir de coagulantes y estabilizadores sanguíneos no han dado resultados aceptables. Chorizos, mortadelas y patés dejan igualmente mucho que desear. Sólo algunos salchichones bien pimentados y algunas cecinas ahumadas pueden comerse con gusto. Tampoco aprecio la carta, cada vez más amplia, de vísceras y casquería. Salvo ese clásico insuperable que es el corazón a la brasa –exquisito y romántico a un tiempo-, me abstengo del hígado en tiras sobre lecho de setas y ajetes, de los riñones fritos con estragón y cilantro, de las criadillas adobadas en caramelo y rebozadas con tempura así como de otras propuestas hoy tan en boga. Por supuesto me opongo a esa corriente denominada “antropofagia inteligente” – redundancia sobre la que algunos han montado rentables negocios- y su repertorio de cócteles elaborados a partir de “canibalina”, un estimulante que, según dicen, sólo se encuentra en el cerebro humano. Nada más sofisticado en esta desquiciada actualidad que tomar sorbete de cerebelo, esencia de hipotálamo, perlas de sien partida, batido de neuronas, frappé de sinapsis o el famoso “circunvoluto”, una poción vendida como reconstituyente mnemotécnico y acelerador de procesos deductivos.

Como todo el mundo sabe, existe un milenario debate sobre el sabor de nuestra carne, deliciosa para unos, aborrecible para otros, similar a la del cerdo o a la de la serpiente, a la del mono o a la del oso, a la del pollo o, como cada vez más catadores admiten, a la de la avestruz -¿será por el bipedismo con tendencia a esconder la cabeza?- Independientemente de gustos, clasificaciones, concursos y hasta encuestas – muy abundantes sobre el tema en nuestra comunidad- todos coincidimos en que se trata de una carne suave y versátil que da gran juego en los fogones.

Los caníbales tampoco solemos hacer diferencias en función de edades, razas u origen social. Salvo en algunos casos particulares o para algunos platos especiales, la carne de niño no es muy apreciada. En un primer bocado puede parecer tierna pero acaba resultando insípida. Así que, en general, preferimos algo quizá más duro y fibroso pero de mayor enjundia. Y, por si alguien sigue haciéndose la pregunta –ya todo un tópico-, aclararé que no es verdad que los ricos sepan mejor. Normalmente contienen grasas, aditivos o conservantes que los inhabilitan para la exquisitez, incluso para el capricho. Últimamente se lleva el producto natural –lo ecológico se impone aquí también-, criado en el campo, salvaje o al menos agreste y, a ser posible, no muy castigado por el hambre. Así que el aborigen de mediana edad, producto escaso donde los haya, bate records en el mercado. Yo sigo prefiriendo el adolescente apenas pasado por la plancha. Ya sé que suena muy clásico, pero –no puedo evitarlo- me gusta la carne con potencial.

No estoy en condiciones de explicar por qué lo hago. Mis colegas disponen de una larga lista de ventajas caníbales que recitan complacidos en cada sobremesa. Que si constituye un rito tribal imprescindible para mantener la solidaridad de la especie. Que si favorece la comunicación –quizá incluso la comunión- de los cuerpos y de las almas. Que si resulta extraordinariamente saludable pues ingerimos nutrientes previamente sintetizados por otro humano para el mejor funcionamiento de su organismo. Que si comiendo al otro, además de sus proteínas, nos apropiamos de sus virtudes. Que si se trata de una forma de reciclaje inmejorable en la que lo humano vuelve a lo humano sin que se pierda nada en el proceso… Un justificativo y hasta convincente repertorio que siempre acaba interrumpido por la evidencia –entre nosotros broma más que auténtica objeción- de que estamos hablando de la manera más radical de hacer de la humanidad una mierda.

A mí me parecen argumentos buenos para una conversación y hasta para un debate antropológico, pero, a fuer de sincero y más allá de cualquier otra motivación, yo como carne humana porque me gusta, porque me he acostumbrado a ella, porque, en cuanto paso un par de semanas sin catarla, la echo en falta, me entra el desasosiego y a veces hasta me pongo violento. Al igual que la mayor parte de los caníbales, la primera vez que la comí no fue por hambre ni por curiosidad. Fue por amor. El deseo – o el apetito- se manifestó con Ana, la primera mujer que quise y, como luego tuve ocasión de apreciar, la primera mujer que de verdad me gustó. Enseguida quise probar sus muslos, mejor dicho el pliegue donde se fruncen con la nalga. La textura de la piel, tersa y mórbida, me hacía salivar en cuanto la veía asomar por el elástico de las bragas. La besaba, la mordía hasta hacerle daño. Un día, superando la vergüenza, se lo pedí. Le pedí que me regalara esos dos trocitos de su cuerpo, dos pequeñas tiras de carne, doscientos cincuenta gramos que ella apenas notaría y que  a mí me harían feliz. Ana al principio creyó que bromeaba y rió considerándolo una muestra más de la voracidad de mi pasión. Luego, cuando comprendió que hablaba en serio, se negó con rostro grave. No volví a insistir pero una noche, aprovechando los efectos del somnífero que yo mismo le había administrado, le arrebaté esos dos filetes de lujuria. Lo hice con todas las precauciones quirúrgicas y con la máxima asepsia, pero ella no supo encajarlo y, aunque no llegó a denunciarme, dejó de hablarme. Sin embargo, salvo unas cicatrices blanquecinas y un andar desencajado, no le quedaron secuelas. La ruptura me dolió, pero no me arrepentí – ¡Ana, mi amor, te llevo dentro para siempre!- Desde entonces no he vuelto a pedir a nadie ni una prueba de su afecto ni una parte de su integridad y, en la medida de lo posible, intento diferenciar la gula de la lujuria. Con escaso éxito. De hecho, a menudo, cuando tengo hambre, entro en erección. 

Por lo demás puedo comer cualquier cosa, desde viejo nepalí –lo más correoso que he probado, pura mojama- hasta mujer esquimal, que sabe a foca y pez crudo. Todo me gusta pero disfruto más cuando conozco la historia que hay detrás de cada una de esas raciones humeantes que me ponen sobre la mesa. Tener una información fiable sobre su vida me permite degustar mejor e incluso adivinar el sabor de la condición humana en sus diversas vertientes o en sus variadas circunstancias. En las tiendas de alta gama –“delicatessen” y carnicerías selectas- todos los productos se venden ya con noticia biográfica. No suele ser muy precisa – mujer hindú, cuarenta y cuatro años, casada, cinco hijos, brahmánica… varón blanco, centroeuropeo, veintiocho años, homosexual, luterano…- pero resulta suficiente para hacerse una primera idea y, a partir de ella y guiándote por aromas y sabores, revivir el pasado de una persona mientras la masticas. Placentero, fraternal, filosófico, casi místico…

Naturalmente nunca he entendido esa superstición a la que hemos dado rango de tabú por la que no sólo nos prohibimos sino que se nos hace repugnante comer a nuestros semejantes. Algunos aseguran que fue precepto surgido en un estadio primitivo de la civilización como forma de limitar las guerras, frenar la mortandad y preservar la especie. Pero, curiosamente, cuando nos comíamos los unos a los otros, nos matábamos mucho menos. Parece probado que las sociedades caníbales no son agresivas ni invasoras, más religiosas que guerreras. Se diría que, desde que dejamos de empachamos con el otro, nos sentimos autorizados para exterminarlo sin piedad. Tiranos y asesinos deberían ser obligados a comerse a sus víctimas hasta la indigestión o hasta el reventón intestinal, remordidos a perpetuidad por sus crímenes. 

No quiero hacer proselitismo –como digo, no pretendemos ser muchos, tan sólo suficientes- y mucho menos justificarme, pero el canibalismo limita las matanzas y apacigua los odios porque, aunque sólo sea, nos hace conscientes de nuestro valor como materia prima, como producto cárnico de calidad. Además permite un mejor conocimiento de la especie, tanto en sus ingredientes constitutivos como en sus múltiples y deliciosos desarrollos gustativos. Y –argumento definitivo-, en la medida que somos lo que asimilamos, el canibalismo sólo puede hacernos más humanos.

Antonio Altarriba