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Ulises y el caballo de Troya

ulises-y-el-caballo-de-troya-1Ulises regresa cansado del campo de batalla. Por su rostro escurre el sudor que se mezcla con el polvo y con la sangre de sus rivales o, quizá, con la de sus compañeros. La sangre es la misma, igualmente oscura y espesa, la derramen griegos o la derramen troyanos. Su casco y su armadura han perdido el esplendor original. En su escudo, abollado por innumerables golpes, ya no se distinguen las hermosas escenas que Marón, el herrero de Ítaca, forjó. Su espada tiene la hoja mellada y el bronce ha adquirido el tono negruzco del coágulo o, quizá, de la gangrena. Cuando llega a su tienda de campaña, apenas le quedan fuerzas para despojarse de las armas. Sin lavarse, sin tomar ningún alimento, sin ni siquiera mojarse los labios con un sorbo de vino vivificador, se deja caer pesadamente sobre el camastro. Acaba de dirigir el octavo ataque contra el flanco Noroeste de Troya. Aunque quizá sea el noveno… Ya ha perdido la cuenta de los asaltos que ha comandado, de los enfrentamientos que ha protagonizado, de los hombres que ha matado, de las heridas que ha recibido… Sólo sabe que esta vez también su ataque ha sido rechazado. Troya, ennegrecida por los incendios, agrietada por las embestidas, famélica por el asedio, resiste. Ulises no termina de entender de dónde sacan las fuerzas, de qué recursos se sirven los sitiados, pero se mantienen firmes.

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