Antonio Altarriba

TRILOGÍA DEL YO por Isabelle Touton


Antonio Altarriba y Keko
Éditions Denoel, 2014-2021 / Norma Editorial, 2014-2020


La trilogía del yo de Antonio Altarriba y Keko se compone de tres thrillers autónomos, pero relacionados por una multiplicidad de hilos que dan aún más fuerza a la crítica despiadada a la sociedad contemporánea que despliegan.

En Yo, asesino, Enrique Rodríguez, profesor de Historia de Arte, especializado en la pintura cruel católica, perpetra crímenes que concibe como performances artística y valen por su gratuidad. Este relato que satiriza las imposturas, clientelismos y cobardías en la Universidad del País Vasco de los años 90, y desvela la superficialidad y el arribismo del mundo del arte, establece un punto de vista perverso: el lector o la lectora acaba por empatizar con el protagonista, al que Keko prestó la cara del propio Antonio Altarriba, por su integridad frente a los otros personajes, cínicos y oportunistas. Los asesinatos cometidos con perspectiva artística sirven para hacernos reflexionar sobre los crímenes que los poderes o los grupos armados (aquí ETA) justifican por motivos políticos, así como sobre la venalidad de los artistas e intelectuales que se venden al mercado o traicionan sus valores por ambición.

Yo, loco denuncia a la todopoderosa y peligrosa industria farmacéutica, que entre otras aberraciones manda al protagonista Ángel Molinos, antiguo dramaturgo empleado en la sede de Vitoria de una filial de Pfizin, que imagine patologías mentales para mejor vender nuevos tratamientos pero las utiliza también para deshacerse de los engorrosos o disidentes. Sorprendentemente, Altarriba asegura no haberse inventado ninguna de las estrafalarias enfermedades que dan al cómic su dimensión humorística.

Yo, mentiroso presenta a su vez un amargo retrato de la clase política española, allá por 2016, de su corrupción, su práctica de la mentira y su ausencia de límites. Adrián Cuadrado asesor del gabinete de comunicación se pasa de un bando (Raimundo Godoy) a otro (Pedro Sanchís) -el disfraz onomástico no podría ser más transparente- cuando entiende que el poder va a cambiar de manos. Esta última entrega es muy densa, visualmente espectacular, en particular en las arquitecturas, los viejos palacios derruidos que el partido abandona para poder mejor desclasificarlos, y ferozmente lúcida.

Para cada obra, los autores han elegido un color que, combinado con el blanco y negro muy contrastado y afilado propio del estilo de Keko, sirve de guía visual, pero del que hacen también un uso simbólico: el rojo, color de la sangre y la ira, en Yo, asesino, el amarillo que subraya causas o síntomas de locura en el protagonista en Yo, loco, y el verde que sirve, entre otras cosas, para desvelar la realidad detrás de las apariencias en Yo, mentiroso. Los tres cómics sumergen a los lectores en una trama muy negra contada por una voz en off sentenciosa y cínica, manifestación del todo-poderoso inconsciente del poder, como contrapunto de los discursos pulidos difundidos habitualmente por los medios de comunicación.

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