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Razones para seguir matando

¿Por qué siguen? ¿Por qué algunos de nuestros paisanos persisten en conjugar conjuntamente patria y muerte? No parece que su tozudez asesina les proporcione nuevos adeptos ni tan siquiera ventajas electorales. Desde sectores abertzales sostienen que mantuvieron su postura de abstención en las pasadas elecciones a pesar de no estar de acuerdo con el asesinato de Isaías Carrasco. Si les creemos y aceptamos su funambulismo ético, el atentado de ETA no contribuyó a reforzar ideológicamente a sus bases sino a ponerlas a prueba tras superar una nueva contradicción. Por otra parte, a la vista de los resultados, parece evidente que con su acción movilizaron el voto menos independentista. Si algún efecto tuvo el atentado sobre el proceso electoral, fue desfavorable para las posiciones etarras. Todo indica que su insistencia terrorista, más que reforzarles, les desgasta.

Además el atentado vino a arruinar los difíciles ejercicios exculpatorios que defendían la posibilidad de una ETA
benevolente, ejemplo de corrección terrorista que sólo mata por accidente colateral (atentado de la T-4) o cuando la guardia civil viene a meter el dedo en el ojo (atentado de Capbreton). El tiro en la nuca a un trabajador con vínculo político de tercera regional despeja cualquier duda y aparece de forma incuestionable el rostro despiadado de la ETA de siempre. Entonces ¿por qué matan? Matan por la épica de la nación oprimida, porque viven encerrados en un relato hecho de desposesión y agravios en su mayor parte inventado al hilo de las necesidades míticas de la causa. Matan porque todavía son lo suficientemente numerosos para establecer una mística del gudari que se entrega por la patria y alcanza así la inmortalidad. De alguna manera toda confrontación nacional se dirime entre la libertad y la muerte. Quienes se implican en ella acaban como héroes o como mártires. Y ese es un glorioso destino para un muchacho de caserío incluso para un graduado universitario.

Matan porque existe un discurso exculpatorio generado por el nacionalismo en su conjunto que vincula la violencia al secular conflicto. El hecho de que tengamos un consejero de justicia más atento a las irregularidades de jueces y policías que a las consecuencias de las acciones terroristas y que, una vez condenado el atentado, vuelve a la retórica del agravio no puede ser más sintomático.

En definitiva, al igual que todos nosotros, los etarras actúan en función del relato del que se creen y quieren protagonistas. Pero el cuento que les cuentan es fuente constante de dolor y de injusticia. Por eso no se puede mantener, como hace nuestro tripartito, que las ideas son inocentes. Los actos están apoyados en pensamientos y
antes de matar hay que recorrer los escalones del adoctrinamiento hasta alcanzar el fanatismo irredento ¿Quiere
decir esto que el nacionalismo debe renunciar a su discurso? Pues al menos debería envolverlo con una etiqueta de advertencia. Está históricamente demostrado que los nacionalismos conducen a menudo a la confrontación. La
España de Franco, la Alemania de Hitler o la Serbia de Milosevic son tan sólo unos ejemplos de cómo una idea exacerbada de lo propio acaba en espiral de violencia. Así que los excesos patrióticos, al igual que los
nicotínicos, deberían ir acompañados de una indicación sobre su peligrosidad y sobre los riesgos que entrañan para la salud mental de los unos y la integridad física de los otros.

Pero en estos momentos puede que la existencia de ETA funcione simplemente como distintivo. En realidad se ha
convertido en nuestro principal hecho diferencial. Si Batasuna no es Aralar ni EA es porque se mantiene implicada en la espiral de sufrimiento y muerte a la que muchos, que fueron compañeros de ruta, han renunciado. Nadie puede sostener que Aralar o EA piden el independentismo con menor insistencia o convicción. Ni son menos izquierda ni son menos abertzales. Pero desmarcarse de ETA, salir de su relato épico equivaldría a ser un partido
más, desprovisto de las señas de identidad del sacrificio y la lucha. Matar les otorga el marchamo de entrega máxima a la patria y, sobre todo, marca la diferencia, quizá la distinción. Todo indica que están más
atrapados por su propio pasado que preocupados por nuestro futuro.

Antonio Altarriba
30 de marzo de 2008