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Por qué nos vamos

En el fuego cruzado de argumentos –tan intenso como ya aburrido- cada vez que uno de los bandos alude al veto electoral que pesa sobre Batasuna o al encarcelamiento de su cúpula el otro saca a relucir la diáspora provocada por el terrorismo etarra. Según cifras insistentemente repetidas, ciento sesenta mil vascos no podrán votar en el próximo referéndum del lehendakari porque han abandonado el país en los últimos años. Ignoramos cómo se ha calculado la cifra, pero no cabe duda de que muchos de nuestros paisanos han optado por arrojar el escudo y salir de aquí. Sólo en el ámbito universitario se cuentan por decenas. Así que la intervención al respecto de Ibarretxe
en el pleno del 28 de septiembre se antoja especialmente deplorable. Intentó camuflar tan dolorosa realidad bajo las cifras globales del flujo migratorio y, sin más comentario, se dedicó a realzar el saldo favorable de los que llegan. Aunque tan sólo fueran un puñado, resulta inadmisible que una parte de nuestros vecinos se sientan expulsados de su país. Y alguien tan dado a las querencias territoriales como el lehendakari debería ser sensible a ello.

Cada una de estas fugas constituye un caso particular y las razones que las motivan son muy distintas. Los acosos y
amenazas juegan un papel determinante. Y es muy probable que esta sea una de las razones de ETA para seguir con su empeño bélico. Al fin y al cabo es una forma de limpieza étnica. Pero, junto con el miedo, en las maletas de muchos de los que se van también está el desengaño afectivo. Porque han interiorizado que, además de los que les quieren matar, están los que no les quieren ver. De manera sutil pero creciente se ha ido instalando en la
sociedad una sensación de molestia mutua. Para una parte de nuestros paisanos somos un lastre para sus metas políticas. Quizá por eso niegan nuestra existencia situando el conflicto entre Euskal Herria y España, quizá por eso blindan con requisitos identitarios el acceso a centros de poder, medios públicos e instituciones, quizá por eso se entusiasman con un referéndum que, aunque sea por la mínima, acabará imponiendo a todos su visión patriótica…

Se hace difícil convivir con aquellos que, lejos de necesitarte y mucho menos de apreciarte, te miran como estorbo cultural, obstáculo social o impedimento político. Quienes, renunciando a la transversalidad ideológica o al pacto entre diferentes o al acuerdo común, optan por la imposición, quienes postulan por un frente nacional de cara a las próximas elecciones, quienes prefieren vencer sin concesiones a compartir con renuncias también contribuyen a que nos marchemos. El problema estriba en que, a diferencia de otras ideologías, el nacionalismo no gestiona el reparto del tener sino la realización del ser. Y eso no admite porcentajes. O se es o no se es. Y su voluntad de ser nos deja sin lugar donde estar.

Antonio Altarriba
18 de noviembre de 2007