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PENSAMIENTO POSITIVO

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Miedo a la verdad, fotografía de Pilar Altarriba y Antonio Albajar

Todos sabemos, al menos sospechamos, la falsedad de sus planteamientos. Sin embargo, en pocos años se ha impuesto como guía de comportamiento para la vida moderna. Desde los libros de autoayuda, las novelas, las películas, las series de televisión, los programas de radio o los anuncios hasta los noticiarios o las conversaciones privadas difunde su doctrina a diestro y siniestro. De fácil argumentación y consoladora acogida, no requiere preparación filosófica ni sicológica, ni siquiera especial tendencia a la reflexión. Cualquiera puede convertirse en apóstol de una manera de pensar que se presenta tan absolutamente benéfica. “No lo veas como un fracaso sino como una oportunidad…” “No importa las veces que caigas sino tu voluntad de levantarte…” “Ante la dificultad o el rechazo, reinvéntate…” Estos son algunos de sus mantras.

No hace falta profundizar (su carácter superficial tampoco lo permite) para concluir que estamos ante una filosofía de la dejación, dispuesta a sacrificarlo todo ante el altar supremo de la felicidad. Poco importa la coherencia, la dignidad y hasta la identidad. “Si lo que eres te da problemas, sé lo que no te dé problemas”. En definitiva, se trata de una renuncia al yo en beneficio de las circunstancias. La tensión, siempre conflictiva, entre el mundo y el individuo se resuelve anulando al individuo. Siendo nadie, evitarás los embates desequilibradores de la confrontación.

Poco importa que mis actos se basen en falsedades o comporten insolidaridad si eliminan el sufrimiento. De hecho, el camino de la positividad prohíbe los entornos estresantes y llega a expulsar al individuo “tóxico”. Todo lo doliente, por su capacidad contaminante, queda excluido. Para afrontar la existencia, ya no se trata de buscar estímulos para la superación o plataformas para la colaboración sino, más relajadamente, “zonas de confort”.

Todo ello supone enterrar cualquier asomo de rebeldía. El pensamiento positivo no sólo rehúye la solidaridad, siempre comprometida, sino que desacredita la capacidad crítica o el simple deseo de cambio. Abandona en la cuneta al prójimo, sobre todo al problemático, y de alguna manera supone la muerte del propio yo. Sólo si estás dispuesto a ser cualquier cosa, lograrás la tranquilidad emocional. Es más, nos deja desarmados ante la catástrofe o la pérdida, porque bloquea nuestro derecho al duelo que, lo queramos o no, es la única purga de la desgracia.

Puede parecer un pensamiento luminoso porque se expone de forma colorista y hasta se defiende con entonación cantarina. Pero nada resulta más cruel. Anula individualmente, desmoviliza socialmente e, intelectualmente, más que auto-ayuda, implica auto-engaño. Los griegos hicieron una virtud de la “sim-patía”, la capacidad de compartir el sufrimiento del otro. Hoy nos empeñamos en negarlo a cambio de un poco de bienestar. Quizá no sea “positivo” ni tan siquiera “pensamiento”. Quizá sólo sea egoísmo o, peor aún, embrutecida despreocupación.

Antonio Altarriba