Skip to content

inicio / escritor / de prensa

Nacionalismo de dos caras

¿Habrá referéndum o no? Quince días después de las elecciones seguimos sin despejar una incógnita de la que depende gran parte de nuestro futuro. Los resultados electorales desalojan a los nacionalistas de esa “mayoría social” continuamente esgrimida para llevar adelante lo que ellos llaman “su proyecto de país”. Algunos se
niegan a reconocerlo y siguen hablando en nombre del pueblo vasco como si representaran la voluntad de todos o, peor, como si dieran por inexistente la de quienes, elección tras elección, mostramos nuestro desacuerdo con la suya. La directiva de EA, el sindicato ELA, el propio lehendakari, además de otras voces, ya han manifestado la imposibilidad de renunciar a un objetivo que constituye su principal razón de ser. Nostálgicos del pacto de Lizarra, relanzan la idea de un Frente Nacional que, aunque sea por la mínima, conquiste la autodeterminación o,
al menos, esa bilateralidad con Madrid que permita una soberanía graduable en función de las fuerzas en juego.

Frente a ellos se alzan las voces, todavía tímidas, que proponen rebajar el órdago. La dirección del PNV se desmarca, aunque relativamente, de la propuesta de Ibarretxe calificándola como “institucional” y no de
partido. La portavoz del gobierno intenta rebajar su carácter de ultimátum –“si no hay acuerdo en junio, convoco referéndum en octubre”- concediendo cierta flexibilidad en la fechas. Otros, como Azkuna, ni siquiera quieren oír hablar del tema. En cualquier caso y para disfrazar las discrepancias cuecen su postura en la salsa de la bondad del diálogo, del derecho a decidir y de la resolución del conflicto. Como si dialogar consistiera en asumir sus
propuestas y aceptar sus plazos, como si fuéramos a pasar de la incapacidad de decidir a la libertad absoluta, como si todo ello fuera a conllevar el desestimiento de ETA…

La proverbial ambivalencia del PNV empieza a ser un problema. Porque no se trata de ambigüedad, como suele decirse, sino de ambivalencia. No es que se definan de manera confusa sino que, según quiénes o según cuándo, dicen estar al mismo tiempo en posiciones muy distintas. De hecho, a la espera de conocer el anunciado contrato para 2020, este Aberri Eguna propondrá un nuevo combinado mezclando el derecho a decidir con un acuerdo amplio entre vascos.

Quizá, habida cuenta de los inconvenientes sociales y la desorientación ideológica que propicia, haya llegado la hora de que el PNV se decante y esas dos almas que lo habitan, la pactista y la independentista, se encarnen en cuerpos distintos y bien definidos. Porque se trata de posturas prácticamente incompatibles ¿Prefieren
acordar con los no nacionalistas o vencerlos? La diferencia es importante y muy significativa. Revela su capacidad de aceptar al diferente. Y por ahora el referéndum que tanto defienden no parece pensado para rubricar el acuerdo sino para dejar claro el bando ganador.

La oscilación pendular de los posicionamientos peneuvistas no debe seguir siendo asumida como característica propia del partido y por lo tanto incuestionable. La indefinición puede acabar funcionando como impostura. De hecho empieza a parecernos inaceptable que Urkullu diga ahora que la diversidad puede ser oportunidad para el enriquecimiento mutuo en lugar de motivo de confrontación. Muchos hemos pagado un tributo muy caro por defender ese mismo discurso. Y nos lo han hecho pagar los propios correligionarios de Urkullu que –no lo olvidemos- llevan treinta años en el poder. Son muchos años soportando una política de frentes, son muchos años de exclusión institucional, son muchos años en los que una casta nacional ha medrado en numerosos ámbitos sólo por afiliarse, simpatizar o jalear las consignas… Intentar compaginar ahora un discurso de reconciliación con una política de imposición suena a ejercicio de cinismo.

De momento y habida cuenta del descalabro electoral de los partidos que lo integran, el tripartito no parece legitimado para convocar un referéndum de esa trascendencia. Aferrado a los planes nominalistas del lehendakari, quiere, antes de disolverse, arrastrarnos a todos con él. Debería acabar aquí su mandato a no ser que pretenda, más que resolver el conflicto, beneficiarse electoralmente de la tensión de una consulta forzada o prohibida.

Antonio Altarriba
23 de marzo de 2008