Antonio Altarriba

LA INSOPORTABLE SUCIEDAD DEL SER

Plata de la serie Crisis @ALTARRIBA ALBAJAR

Casi todos los mamíferos utilizan excrementos, parásitos y otras suciedades para establecer algunos de los fundamentos básicos de su convivencia. La orina y las heces, como manifestación nítida de su olor corporal, dotan al animal de identidad y lo hacen reconocible dentro del grupo. Estas mismas sustancias son empleadas para marcar el territorio o, como contrapartida, para señalar la voluntad de invadir o de desafiar al enemigo. Otras emanaciones anatómicas también cumplen funciones de primer orden e indican, entre otras cosas, el celo de algunas hembras y los períodos de apareamiento. Los primates han hecho del despioje y del aseo una auténtica ceremonia que sirve para reforzar la posición jerárquica, propiciar la cohesión del clan y crear vínculos entre algunos individuos. Podríamos ir aún más lejos y mencionar el papel de plastas y boñigas en el ciclo vital, su importancia para algunos insectos como los escarabajos o la extraña propensión de ciertas aves a engullir las deyecciones de sus crías. Pero baste lo dicho para comprobar que, en el comportamiento de un gran número de especies, el excremento, el olor corporal y la suciedad cumplen un papel altamente funcional y, en ocasiones, ritual.

Cualquiera que compare estas prácticas animales con las relaciones que nosotros mantenemos con los productos de nuestra actividad excretora no dejará de sorprenderse ante las diferencias existentes. A lo largo de la Historia los hombres hemos manifestado una clara y cada vez más marcada tendencia a distanciarnos de nuestros excrementos. Casi podría afirmarse que ese proceso evolutivo pomposamente llamado «civilización» ha consistido en un progresivo alejamiento de estas funciones vitales. Desde los pozos negros, hasta las bacinillas, los orinales y las tazas de water nos hemos esforzado en inventar una variada gama de utensilios que facilitan la rápida desaparición de la vil materia. Para eliminarla o, al menos, para perderla de vista hemos construido sumideros, complejas redes de cloacas y desagües y hemos culminado provisionalmente esta carrera aseptizadora construyendo esas secretas catedrales de porcelana y azulejos a las que solemos referirnos empleando términos eufemísticos. Llamamos al lugar «cuarto de baño», decimos que contiene elementos «sanitarios», dentro de él utilizamos papel «higiénico» y, en el colmo de la contradicción, llamamos «inodoro» al objeto que lo preside. De esta manera lo que para los animales es mucho más que una mera liberación fisiológica funcionando como signo por medio del cual el individuo se afirma, se convierte para nosotros en desecho, en actividad vergonzosa, negativa y, como consecuencia, negada o, al menos, ocultada. En definitiva, lo que para los animales es marca, para nosotros es vacío o, lo que es lo mismo, producto destinado a la evacuación.

¿Cómo hemos llegado a adoptar comportamientos tan opuestos a los que son habituales en otras especies? ¿Cuáles han sido los mecanismos que nos han llevado a renunciar a nuestras elaboraciones 2 más personales? ¿Por qué lo que fabricamos con tan complejas intervenciones de nuestro organismo y constituye una prueba palpable de salud tan sólo nos provoca asco? Curiosamente, como si fuera natural un proceso tan antinatural, apenas nos paramos a pensar en ello. Se pueden sin embargo aventurar algunas explicaciones. Desde un punto de vista antropológico se podría decir que, a lo largo de nuestra evolución, hemos conseguido suplir con eficacia las funciones que los excrementos cumplen para los animales. Somos una especie muy diferenciada fisionómicamente, de manera que no necesitamos recurrir a señales olfativas para identificarnos. Por otra parte hemos desarrollado un amplio muestrario de instrumentos y actitudes para marcar nuestros respectivos territorios. Pero, aún en el supuesto de que los excrementos hubieran perdido totalmente su función, eso no explicaría ese rechazo tan radical que nos pone al borde de la náusea por el mero hecho de mencionarlos.

Algunos justificarán estos comportamientos como una saludable reacción profiláctica. Al fin y al cabo deposiciones y excreciones pueden ser focos de enfermedad. Aunque este argumento tiene una innegable base científica, cabría preguntarse si la radical separación de estos factores de riesgo no incrementa nuestra inmunodeficiencia. Vivir en estado de asepsia impide que nuestras defensas se ejerciten y, a la larga, puede hacernos más vulnerables. En cualquier caso los motivos sanitarios no terminan de aclarar esta encarnizada batalla que actualmente libramos contra la baba, el sudor, las mucosidades, el sarro, las legañas, el cerumen o cualquier otra secreción -dejando aparte las genitales que, obviamente, están cargadas de connotaciones distintas-. Hoy en día el mal aliento, el olor a pies o la caspa pueden suponer la ruina profesional, incluso personal, de un individuo. Se ha llegado a tal punto que para algunos resulta reprobable quien no cumple con la sagrada obligación de la ducha diaria. Estas normas de convivencia, no escritas pero de cruel vigencia, rechazan «lo sucio» e identifican lo correcto con lo aseado y, lo que es más, establecen una inexplicable ecuación entre lo limpio y lo bello, incluso entre lo limpio y lo bueno. Una prueba indiscutible se encuentra en la estrecha relación que muchas religiones establecen entre el pecado y la mancha. Casi todos los ritos pretenden cumplir una función purificadora y abundan las figuras míticas de carácter inmaculado. Desde todos los puntos de vista la porquería resulta condenable y el sucio acaba yendo al infierno.

La parcialidad de todas estas explicaciones permite aventurar otras hipótesis que aclaren una entrega tan compulsiva al agua, al jabón y al frote. El alejamiento de lo excrementicio podría interpretarse como la prueba más física de ese insistente afán por distanciarnos de las otras especies animales. De esta forma conseguimos parecemos a ese ser, libre de necesidades y contingencias, a ese ser en estado puro que llamamos Dios y a cuya imagen y semejanza decimos estar hechos. Desarrollamos así una conciencia de la diferencia y de la individualidad, profundamente arraigada en nuestra cultura occidental, que nos impide pensarnos como parte, más o menos insignificante, de un todo cósmico.

No nos resignamos a vernos como un conjunto de células, bacterias, virus y demás bichitos funcionales o parasitarios y preferimos considerarnos un ente único y compacto al que llamamos yo. Nos resulta difícil admitir la posibilidad de que seamos simplemente un ecosistema dentro de otro ecosistema más amplio, demostrando de esa manera una clara incompatibilidad con los planteamientos propios de un pensamiento auténticamente ecológico. Sacrificamos las evidencias fisiológicas en aras de una construcción imaginaria y sublimada de nosotros mismos. Negamos las materias que nos constituyen para acogernos a las ideas o a los ideales que nos justifican y nos convierten en exclusivos. El filósofo ha afirmado: «pienso luego existo». Una percepción del hombre más integrada en los ritmos y procesos de la naturaleza debería haberse limitado a decir: «digiero luego consisto».

No queremos reconocer que, antes de ser cualquier otra cosa, somos el envoltorio funcional de un aparato digestivo que, al asimilar los alimentos destinados a asegurar nuestra supervivencia, desencadena un pútrido proceso de fermentación. Nos dedicamos con ahínco a borrar las huellas de una actividad que consideramos innoble porque nos parece exclusivamente animal. Nos impregnamos en colonias, desodorantes y aftershaves para disimular nuestros auténticos aromas. En lugar de ser cósmicos preferimos ser cosméticos. Así que ahora olemos a Chanel, Dior, Eau de Rochas o a ambientador de pino. Hemos sustituido la marca personal por las marcas comerciales. Sin embargo y a pesar de todos estos esfuerzos, no hemos conseguido eliminar de nuestro metabolismo lo que es tan esencial como inevitable. Ese estatus divino que tanto nos deslumbra y al que aspiramos con vehemencia parece, desde este punto de vista, totalmente inasequible. Podremos alcanzar una posición ventajosa en el Universo y forjar una imagen satisfactoria de nosotros mismos. Pero todos estos impolutos montajes que sustentan nuestro orgullo como especie se vendrán abajo en cuanto nos sintamos apremiados por el retortijón y debamos rendirnos ante la llamada salvaje del intestino.

Antonio Altarriba en Bilbao, junio de 1997