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La forja identitaria

Las aguas del nacionalismo bajan revueltas. Lo que Egíbar dice sobre la moción de Arrasate, Urkullu lo desmiente.

La voluntad plebiscitaria de Ibarretxe es revisada por Azkuna. La reafirmación de la hoja de ruta hecha por Gerenabarrena es puesta en cuestión por José Luis Bilbao. La solidez del tripartito defendida por Miren Azkárate es negada por Erkoreka… No sabemos si la división está entre el PNV soberanista y el pactista, entre el institucional y el militante o, simplemente, entre los sectores que se disputan la sucesión del lehendakari. Y los disensos no acaban ahí. EA mantiene la cohesión en torno al plan Ibarretxe y, al mismo tiempo que discute con el PNV, funciona como principal apoyo del lehendakari. Pero nada comparable a la situación de EB, distanciada de Madrid por su responsabilidad en el desplome de Izquierda Unida y sin tan siquiera resortes para garantizar el voto de sus concejales. Sucursal del nacionalismo con estatua erigida a la Pasionaria, paga el escamoteo de una auténtica opción de izquierdas.

Así que los campeones del mensaje identitario se hallan a la busca de su propia
identidad. Aunque no sabemos si se trata de una desorientación coyuntural o estructural. Puede que sólo estemos ante el vértigo por el posible desalojo del poder o ante el desgaste por su prolongado ejercicio. Pero puede que la crisis sea más profunda y afecte la esencia misma del mensaje nacionalista. Porque ¿hasta dónde se puede llevar la reivindicación de nación e independencia en un contexto político, económico y tecnológico como el actual?

Llevamos mucho tiempo sometidos a la forja identitaria del nacionalismo. Han sido treinta años en los que la política gubernamental ha consistido, básicamente, en la promoción de unas señas patrióticas compensando a quien las asumía y penalizando, por acción o por omisión, a quien no lo hacía. “La construcción
nacional” ha exigido grandes esfuerzos a la sociedad, especialmente a los sectores con mayor dependencia institucional. Y unos los han hecho con encomiable entrega, otros se han limitado a cumplir y otros nos
hemos quedado al margen. En cualquier caso todos hemos vivido en un régimen donde la adhesión nacional ha contado más que el mérito personal.

El nacionalismo no parece entender que la permanencia prolongada en esta fragua puede resultar agotadora. Un ejemplo nos lo ha proporcionado Kontseilua estos días. Sustituye su lema Bai euskarari (sí al eukara) por Euskaraz bai (sí en euskera). Con lo que ello supone. Porque no es lo mismo apoyar el derecho a hablar en
euskara que verse obligado a hacerlo. Y lo mismo ocurre en otros ámbitos ¿Todos tenemos que emocionarnos ante la ikurriña para que se puedan sentir nación? ¿Debemos asumir que nos definimos o, al menos, nos distinguimos por el imaginario que ellos han diseñado? El mandato nacionalista entusiasma a sus seguidores
con la misma intensidad que oprime a quienes no lo son. Y es que las ideologías del ser, a diferencia de las del tener, exigen un alto grado de implicación y, en consecuencia, de satisfacción o de frustración.

Puede que el nacionalismo haya tocado techo en sus presiones identitarias. Ha satisfecho un horizonte de expectativas que hace años ni siquiera se atrevía a reivindicar. Así que, por mucho que se esfuerce, su discurso del agravio cada vez se hace menos creíble. La casta dominante es hoy nacionalista y, aunque de vez en cuando amague con echarse al monte, su victimismo de corbata y poltrona da poca pena. Y mantener viva la idea de un Madrid permanentemente franquista y una España y una Francia insaciablemente tiránicas empieza a resultar difícil.

Es probable que el “talante Zapatero” haya contribuido a este debilitamiento. Porque el nacionalismo se fortalece en la confrontación. Pero es más probable que sufra las consecuencias de su desajuste con los nuevos tiempos. Convertir en pueblo a un colectivo de individuos constituye una tarea ardua sobre todo cuando cada vez más gente trabaja en territorios sin fronteras, consume en mercados globales, sigue tendencias internacionales y vive en espacios virtuales donde no hay Estados, la seña de identidad es el nick, la consigna patriótica el loggin y
la bandera, siempre de conveniencia, la que permite navegar libremente por la red.

Antonio Altarriba
27 de abril de 2008