Antonio Altarriba

Historietas en el final de la dictadura: la transición del tebeo al cómic publicado en theconversation.com


Cuarta y última entrega de la serie sobre la historieta durante la Guerra Civil y la dictadura franquista, firmada por Antonio Altarriba.


Portada de la revista Star nº 30, 1977. Autor: Montxo. La Web Sense Nom

Publicada en The conversation el 20 de febrero de 2020

En 1970 la historieta española sigue presentando el aspecto de un gigante, pero tiene los pies de barro. El tebeo sentimental, malherido por el auge de fotonovelas y telenovelas y apuntillado por los movimientos de liberación de la mujer, logra arrastrar los restos de su naufragio hasta los primeros años de la década. Azucena, una de las colecciones de mayor éxito en los cuarenta y en los cincuenta, llega hasta 1971, Claro de luna y Mary Noticias hasta 1972. Golondrina y Gardenia azul prolongan unos años más su ya marchita trayectoria.

La situación del tebeo de aventuras resulta igualmente patética y las cabeceras que atraviesan la frontera de 1970 también son escasas. Roberto Alcázar y Pedrín, el tebeo coincidente cronológicamente con el franquismo, aguanta hasta 1975. Para esa fecha casi todos sus compañeros han perecido en ruta.

Primera página del episodio inaugural de El corsario de hierro, titulado La mano azul, publicado en la revista Mortadelo en diciembre de 1970. Autores: Víctor Mora y Ambrós. Tebeosfera / Bruguera

El lanzamiento de El corsario de hierro en 1970 por Bruguera es un intento de reverdecer los laureles de El capitán Trueno. Pero los tiempos ya no son los mismos y, aunque en principio goza de un relativo éxito, no es suficiente para invertir la tendencia. Los viejos héroes dan así su última batalla, ni espectacular ni sobrecogedora, pero más decisiva que cualquiera de las que han librado. Y la pierden.

Solo las revistas de humor mantienen el tipo

Las revistas de humor son las únicas que mantienen el tipo. Antes de que, con el cierre de El DDT en 1977, se inicie el derrumbamiento que en apenas cinco años acabará con ellas, las ventas parecen ir bien. Mortadelo de 1970, Colección Olé de 1971, Zipi y Zape de 1972 o Sacarino de 1975 son sólo algunos ejemplos. No consiguen los objetivos previstos y tampoco aquí aparecen personajes que valga la pena reseñar. Superlópez de Jan, en viñetas desde 1973, constituye una de las pocas excepciones.

Como consecuencia de ello, las ventas flojean y, a partir de la mitad de la década, se suceden las iniciativas salvadoras. Pero es demasiado tarde o las alternativas no son acertadas o el público mira ya hacia otro lado… Cuando el dictador muere, el pequeño imperio mediático que se había levantado bajo su mandato y que tanto había ayudado a sobrellevarlo también agoniza.

La incapacidad de las infraestructuras existentes para afrontar los retos de la nueva era parece evidente. De hecho, los derroteros de la historieta se están fraguando en otro lado y, sobre todo, de otra manera. Puede decirse que, mientras en política los cambios se efectúan gracias a una transición relativamente pacífica, el nuevo régimen de la historieta sólo llega por traumática ruptura.

En lo que a las viñetas se refiere se cumple el dicho revolucionario según el cual, para que surja lo nuevo, lo viejo tiene que morir. Y, de una manera o de otra, la crítica especializada contribuye a ello. El interés de los teóricos por estos productos y el aval “cultural” que les proporcionan promueve, favorece o al menos refuerza una actitud en los dibujantes que los lleva a posicionarse no tanto como trabajadores anónimos al servicio de la editorial sino como “creadores” con una obra personal que transmitir, incluso con exigencias autorales que reivindicar. Enric Sió da a la luz Mara en 1970 y Mis miedos en 1971.

Revistas modernas

La editorial Doncel desencadena una pequeña revolución con el lanzamiento en 1970 de la revista Trinca. En sus páginas ofrece a un público infantil y juvenil unos relatos no sólo liberados de la ideología del régimen sino concebidos y realizados desde una óptica decididamente moderna. Los resultados son más que notables y en su corta trayectoria –la experiencia acaba en 1973- afloran referencias que han de ser claves en los años sucesivos. Antonio Hernández Palacios inicia en 1970 la publicación de Las aventuras de Manos Kelly y en 1971, inspirándose en las mocedades de uno de nuestros héroes más afamados, saca El Cid.

Víctor de la Fuente sorprende con sus series Haxtur (1971) y Mathai-Dor (1972). Se trata de obras que introducen un nuevo aliento épico en el tratamiento de la aventura al tiempo que ofrecen un grafismo cuidado y atrevidas planificaciones. También merece mención Miguel Calatayud quien tanto en Peter Petrake (1970) como en Los doce trabajos de Hércules (1972) propone una plástica innovadora, repleta de colorido y muy influenciada por la estética “pop”. Sin olvidar, claro está, el tándem formado por Miguel Ángel Nieto y Enrique Ventura que publican en 1972 las muy desmadradas y ya un tanto “marxianas” Es que van como locos… y, sobre todo, Maremagnum.

Las fisuras del régimen

Todas estas iniciativas son posibles gracias a las fisuras del régimen. La resistencia pasiva, la oposición silenciosa o la rebelión descarada se manifiestan desde diversos sectores y la prensa es uno de los más combativos. Proliferan las publicaciones con afanes aperturistas que intentan explorar los límites de la censura y muchas de ellas se hallan próximas a la historieta.

Portada por OPS del primer número de Hermano Lobo del 13 de mayo de 1972. Hermano Lobo Digital

El papel desempeñado por las revistas de humor gráfico, con críticas cada vez menos veladas al sistema de represiones, resulta fundamental para forjar el espíritu del cambio. El Hermano lobo nace en 1972 y, en clara alusión al estado de libertad vigilada en el que vive este tipo de prensa, lleva como subtítulo revista de humor dentro de lo que cabe. Barrabás y la nueva época del inolvidable Mata Ratos también aparecen en 1972, El Papus lo hace en 1973 y Por favor en 1974.

El espíritu underground

Lo que por aquellos años se denomina “underground” penetra en el país y los tebeos, ahora “comics” o “comix”, empiezan a rodearse de una aureola de radical, incluso provocadora modernidad que ya no les va a abandonar. Autoeditados, buscando circuitos de distribución paralelos e inaugurando la muy fructífera tradición de los fanzines, se asoman a puntos de venta especializados algunos títulos que los jóvenes siguen con entusiasmo. En sus páginas pueden leerse historias de contenido irreverente donde se atacan las convenciones sociales y la moral represora.

El Rrollo Enmascarado, portada de Nazario Luque (Autoedición, Barcelona, 1974. Nazarioluque.com

También se parodian algunas de las referencias más tradicionales de la historieta y se deja constancia de unos comportamientos donde la ecología, la música y las drogas juegan un importante papel, la violencia se plasma con sangrienta contundencia y todo ello se condimenta con una exhibición hipertrófica y chorreante del sexo en todas sus versiones. En 1973 aparece El Rrollo enmascarado, álbum en principio único, pero con continuación en publicaciones que acaban adoptando como sello distintivo Los tebeos del rollo. Y en 1975 ven la luz La piraña divina y Carajillo y en 1976 Picadura selecta o Nasti de Plasti.

De esta forma se abre paso un muestrario de publicaciones de irregular periodicidad, sometido a los avatares de un ritmo de producción “amateur”, de una distribución azarosa y de frecuentes secuestros. A pesar de ello, dibujantes como Nazario, Mariscal, Max, Pamies, Farriol consiguen asentar una línea creativa que, con variantes, se prolonga hasta la actualidad.

Portada del número 1 de Star (Producciones Editoriales, Barcelona, 1974). La Web Sense Nom

La contracultura vende

En 1974 Producciones Editoriales lanza Star. Con esta publicación pretende dar acogida a estas subterráneas tendencias y proporcionarles un soporte estable. De hecho, para su lanzamiento cuenta con muchos de los nombres anteriormente citados. Con el tiempo se incorporan otros como Ceesepe, Gallardo, Carulla, Montesol. Star tuvo como subtítulo recurrente “comix” y “prensa marginal” marcando así su vinculación con el por entonces muy prestigiado ámbito de la “contracultura”.

Como evidencia de las fuentes que nutren esa conexión, en sus páginas no sólo hay espacio para la historieta. También presta atención a la musica y a escritores críticos con el sistema, entonces más conocido como establishment. Este loable esfuerzo topa con las dificultades de una transición que le acarrea numerosas multas e incluso secuestros. A pesar de ello, Star se mantiene viva hasta 1980.

Estas y otras iniciativas constituyen el inicio de un nuevo ciclo en la historieta española. Un ciclo en el que las revistas de periodicidad mensual, con uso cada vez más extendido del color y con rúbricas que reivindican el carácter artístico del tebeo, constituyen el principal soporte.

Durará unos quince años y apenas alcanzará una décima parte de la dimensión mediática y económica de lo que fueron los tebeos de Franco. Marcará una tendencia en la que el prestigio del medio irá acompañado de una progresiva disminución de su arraigo popular.

Para bien o para mal, la España democrática deja de ser de tebeo.