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FUTBOLIZACIÓN (T.L.Q.S.Y.D.I.)

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Miedo a la oscuridad, fotografía realizada por Pilar Albajar y Antonio Altarriba

Quizá ya nadie sabe que hubo un tiempo en el que el fútbol estuvo mal visto. Muy visto, pero mal visto. Parte de la opinión pública española lo consideraba una forma de alienación, al menos de distracción de los compromisos sociales o de los estímulos intelectuales. Se sospechaba que el régimen franquista se servía del fútbol para apaciguar el impulso contestatario. A partir de los años sesenta, con la llegada de la televisión, los primeros de mayo o las convocatorias de huelga coincidían con la retransmisión de partidos de máxima rivalidad. El gobierno “contraprogramaba” la protesta. Y lo hacía con notable éxito. Un Real Madrid-Barça tenía más capacidad disuasoria que un despliegue policial. Franco seguía así el principio de “pan y circo”, aplicado por el poder desde la antigüedad. Si quieres mantener al pueblo tranquilo, tenle alimentado y entretenido. Así, en aquellos años, se daba el caso de aficionados que moderaban y hasta ocultaban su entusiasmo futbolístico. Todo para no parecer tontos u obedientes.

La llegada de la democracia, las nuevas tecnologías, el consecuente incremento del volumen de negocio han hecho que la afición pierda complejos. Ahora se considera que el fútbol transmite valores positivos como el espíritu de equipo, el afán de superación, la inteligencia espacial, el desarrollo físico… Remedio infalible contra las drogas o el derrotismo juvenil se ha convertido en panacea educativa fomentada por profesores y padres. Reina con tal hegemonía en nuestras preferencias que es, con diferencia, bloque informativo dominante y tema principal de conversación. Así que ahora, al contrario de hace unas décadas, quienes no son aficionados se ven en la obligación de enterarse, aunque sea un mínimo, para no quedar al margen de nuestro mayor nexo de cohesión social.

La influencia del fútbol sigue su irresistible ascensión a pesar de las evidencias que, cada vez más a menudo, ensucian su proclamado espíritu deportivo. Admitimos las sumas estratosféricas de sueldos, primas y fichajes. El fútbol invierte mucho dinero, pero también genera muchos beneficios, se nos dice. Pero está claro que no produce riqueza. Simplemente polariza los gastos en ocio. Además, no parecen importar las irregularidades fiscales de clubes y jugadores. Muchos equipos se mantienen gracias a subvenciones, condonaciones y ayudas más o menos directas de las instituciones. La ejemplaridad que exigimos a los políticos se la perdonamos a nuestros ídolos.

Por si fuera poco, el deporte rey convierte a los demás deportes en esclavos. Las recientes olimpiadas han puesto de relieve la belleza, la emoción, la fuerza, la agilidad que transmiten otras disciplinas. Disciplinas que viven, mejor dicho, sobreviven en el anonimato, a menudo en la indigencia. Estos atletas sí demuestran espíritu deportivo y señalan el verdadero potencial de nuestro país. Pero gozan de una notoriedad eventual y quedan rápidamente olvidados por la apisonadora de ligas, copas y campeonatos. Habría que preguntarse, además, si el futbol provoca afición deportiva o adhesión al equipo. Los hinchas de sofá y cerveza son más propensos a enfundar la camiseta o enfrentarse a la afición rival que al ejercicio físico. De hecho, no se han conseguido erradicar los grupos radicales y la violencia que provocan. Aunque sea minoritaria, sigue exigiendo grandes despliegues de seguridad que repercuten en el gasto público y encarecen aún más los costes del auge futbolístico.

Como toda actividad social predominante, el fútbol rebasa el ámbito estrictamente deportivo. Últimamente se hace notar su creciente influjo sobre el lenguaje. El “campo de fútbol” ya no sólo es el terreno de juego sino medida de superficie a punto de desbancar a la hectárea y demás pautas métrico decimales. Para darnos idea de la extensión de un terreno, de un incendio o de una distancia nos remitimos a la cantidad de campos de fútbol que contiene. Y nos sentimos en “fuera de juego”, sacamos “tarjeta roja”, criticamos “el regate en corto”, “nos meten gol por la escuadra”, nos esforzamos por alcanzar la “primera división”, las empresas hacen “grandes fichajes”, “mantienen en el banquillo” al personal de reserva, “marcan un gol” cuando logran un éxito y un “hat-trick” cuando es triple… Hasta calificamos a algún escritor como “Messi de las letras”. Todo se puede explicar en metáfora futbolística. El fútbol funciona como nuestro gran, casi único, referente.

El fútbol tiene parte de responsabilidad en la moda tan extendida de organizar debates como si fueran partidos, con equipos claramente alineados en posiciones enfrentadas. Todo para que la victoria o la derrota se imponga por encima del intercambio de argumentos. Y también clasificamos preferencias estéticas en liguillas de impacto mediático. Prácticamente no hay comentario sobre la actualidad cultural que no comporte la lista de las diez mejores películas del año, las cien novelas más importantes de la historia, las veinticinco series televisivas más influyentes, las cincuenta novelas gráficas que no puedes dejar de leer… El gusto se ha hecho ranking y sustituimos el análisis de la obra por la atribución de un puesto en el improbable campeonato del arte. Todo ello contribuye a un pensamiento esquemático, que elimina el matiz y se aleja de la sutileza, un auténtico “penalti” contra la inteligencia.

Antonio Altarriba