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Escritor sobre literatura

El pasado de mi padre ha condicionado decisivamente mi vida, tanto la personal como la intelectual. Con diez años empecé a ir a Francia a pasar los veranos en casa de sus amigos anarquistas. El objetivo era, en principio, aprender francés pero tengo para mí que mi padre lo hacía para que se me airearan las neuronas y conociera algo más que el mísero panorama de la España franquista, quizá también para que entendiera a través de sus amigos —mientras vivió Franco, él nunca habló de su pasado— su apuesta ideológica. Pude así asomarme, aunque sólo fuera un par de meses al año, a una Europa que en aquellos años sesenta y muy especialmente entre los chavales de mi edad vibraba con miles de inquietudes.

Fue igualmente la apertura a una cultura inmensa que desde entonces me ha servido de constante estímulo. Estoy convencido de que, si algo me distingue de otras personas de mi generación, es la relación con el que considero mi país de adopción. Gracias a ella, mis lecturas de adolescente, las que se viven con mayor intensidad, fueron un auténtico lujo. Entre los catorce y los veinte años, quitándole horas al sueño, leí a Stendhal, Victor Hugo, Balzac, Baudelaire… Y no sólo los leí, los viví.

Recuerdo, pataleando por las tripas y condicionando mi carácter, la náusea sartriana, la indiferencia del extranjero de Camus, el malditismo truculento de Lautréamont, el absurdo hilarante de Ionesco… y, aunque algo más tarde, la muy decisiva influencia en mi forma de escribir de Flaubert y Proust.

Francia ha sido y sigue siendo mi proveedor habitual de lecturas y, habida cuenta de mi carrera como filólogo, el ámbito de investigación sobre el que más he trabajado.