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Escritor de prensa

Empezó siendo actividad complementaria, recurso para mantener una presencia mediática y, de paso, lograr alguna compensación económica, pero se ha convertido en pilar básico de lo que soy y de lo que pienso. La colaboración en prensa obliga a entregas puntuales y medidas, a claridad expresiva y a síntesis argumentativa. Y eso, como suele decirse, constituye uno de los mejores ejercicios para un escritor. En mi caso ha cumplido esa función y otra aún más importante. Desde 1975 vivo en el País Vasco, el único lugar del occidente cristiano, democrático y económicamente desarrollado donde el terrorismo sigue vigente. En estos años he visto cómo algún compañero de tareas periodísticas era asesinado y numerosos colegas universitarios debían exiliarse. Yo mismo vivo prisionero en una Facultad sometida a la tiranía abertzale. Habitar en un lugar donde el nacionalismo tiene tan profundo arraigo condiciona la existencia y pervierte el sentido de la ética. Más allá de la letanía de agravios y represiones que exhiben para, a pesar de llevar más de treinta años en el poder, aparecer como víctimas, los nacionalistas expanden una inasumible ideología de «hechos diferenciales» que esconde la semilla de la segregación y, en último término, del odio. La situación del País Vasco implica tal grado de complicidad social que, sin la posibilidad de denunciarlo en la prensa, podría desembocar en trauma. Artículos y columnas me sirven por lo tanto para acusar y para desahogarme. Tengo así la impresión de participar en una batalla justa, de desmontar los argumentos que con tanta insidia difunden muchos medios vascos y, en época de desmovilización política, de mantener viva la ilusión del compromiso político.

Empecé a colaborar regularmente en prensa en 1993. Lo hice desde las páginas de El Mundo en su edición para el País Vasco que, bajo la dirección de Melchor Miralles, abría por aquellas fechas. Eso no impidió que durante años me solicitaran artículos de El País, El Correo o, incluso, participación en las tertulias de Radio Euskadi. El alineamiento ideológico de los medios y la vinculación exclusiva de los colaboradores hace hoy muy difícil estos trasvases. Sigo, pues, en El Mundo donde siempre han respetado mis opiniones. Y eso que en los últimos años mis argumentos se distancian de los de su «staff» directivo. Siguiendo los derroteros de Pedro J. Ramírez, su director, El Mundo ha derivado hacia posiciones, más que conservadoras, de alianza táctica con sectores del Partido Popular. Y eso me disgusta profundamente. Pero, mientras respeten mi espacio, seguiré repitiendo en sus páginas esos mensajes obvios que espero contribuyan a la rebelión contra la normalidad «aterrorizada» que el nacionalismo gestiona con la mejor conciencia.