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Escritor de ficción

Así empezó todo. Lo cual no quiere decir que aquí esté el origen.

En mi caso no creo que en el principio fuera el verbo sino, más bien, la imagen. Pero lo primero que hice con aspiraciones, si no de imprimir, al menos de impresionar, fue escribir.

Los primeros relatos, más allá de los ejercicios de redacción o los concursos escolares, los escribí con catorce o quince años. Hasta los dieciocho me dediqué a ello con regularidad, agrado y total desconocimiento de mis insuficiencias. Todavía conservo, manuscritos o mecanografiados, algunos cuentos inconfesables. Eran una mezcla de los dos géneros que en aquellos años, a pesar de parecer incompatibles, me entusiasmaban, la épica y el teatro del absurdo. Combinaba Virgilio, Tasso, Ariosto, Camoens, Milton y, sobre todo, Homero con lo que entonces estaba de rabiosa actualidad en Francia –mi principal patria literaria-, Ionesco, Beckett, Adamov, Genet y espolvoreaba el conjunto con algo de malditismo al estilo Baudelaire, Rimbaud o Lautréamont… Y el resultado me parecía estimulante.

Confrontar al héroe con el sin sentido moderno o introducir impulso heroico en las desorientaciones contemporáneas me proporcionaba un combinado de angustia y crueldad, desde luego original, pero que desarrollé con torpeza y pretenciosidad. Inconsciente de ello, disfrutaba escribiendo como nunca. También disfrutaba leyendo como nunca.

La adolescencia es estúpida y arrogante pero intensa.