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El paso del tiempo

De 1977 a 1987 Royo y yo colaboramos estrechamente. Aunque la publicación de nuestros trabajos se concentra entre 1981 y 1984, tuvimos unos años previos de preparación de material y unos años posteriores dedicados a dar salida compilatoria a nuestra obra. Así que durante casi una década viajé desde Vitoria, donde vivía, a Zaragoza para pasar los fines de semana, casi sin excepción, junto al tablero de dibujo de Royo.

Por entonces no entendíamos la colaboración como un simple intercambio de competencias en el que yo preparaba el guión y él realizaba los dibujos. Colaborar suponía pasar muchas horas debatiendo sobre el cómic, sus posibilidades expresivas, nuestra apuesta específica… Yo preparaba una tesis sobre el cómic francés, que por entonces no cesaba de sorprendernos con su creatividad. Así que –lo reconozco- estaba obsesionado con el tema y en cierta medida ejercía de profeta de un medio que me parecía cargado de futuro. A mí y a muchos. Porque éramos legión los convencidos de que nos encontrábamos ante un arte todavía por inventar. Y nos entregábamos a él con absoluto desapego por lo demás.

Royo y yo nos conocíamos desde la infancia, pero nuestra relación se hizo más intensa cuando coincidimos en el Colectivo Zeta y en la revista del mismo nombre. Tras el secuestro del número 3 y el casi ingreso en prisión de alguno de los miembros, creamos Bustrófedon, grupo creativo de cómic y también revista. Tomamos ese nombre porque hacía referencia a una forma de escribir consistente en trazar un renglón de izquierda a derecha y el siguiente de derecha a izquierda (etimológicamente “como ara el buey”). De esa manera podíamos apuntarnos a una escritura no sólo alternante sino también alternativa.

El compromiso iba en serio. Hasta el punto de que Bustrófedon fue -que yo sepa- el único grupo de autores de cómic que redactó un manifiesto. Lo publicamos en forma de folleto bilingüe y lo presentamos en el Festival de Angulema de 1980 junto con una exposición de originales. En el hablábamos de explorar la “polisemia esencial” de la imagen, de potenciar la dimensión espacial de la secuencia en viñetas, en definitiva de liberar el cómic de la narración literaria para devolverlo a la narración figurativa a la que por esencia pertenece. Era como descubrir un nuevo mundo.

Un cuarto de siglo después estos planteamientos pueden parecer ingenuos, quizá pretenciosos. Pero, más allá de las apuestas conceptuales, hubo otras personalmente más arriesgadas. Royo dejó su trabajo en un estudio de decoración, consciente de que el cómic, al menos el cómic que queríamos hacer, exigía una dedicación exclusiva. Muchas de aquellas páginas le llevaban una semana de ejecución. Así que no sólo pensábamos transformar el cómic sino, aunque fuera precariamente, vivir de ello.

Tras años de especulación teórica y de consecuente elaboración práctica, la confrontación con la realidad fue dura. Los editores quedaban fascinados cuando les mostrábamos aquellas páginas. Hacíamos una distribución de viñetas muy compleja calculando al milímetro la ubicación de cada elemento, desarrollando argumentos sorprendentes que transcurrían en mundos irreales cuya dinámica intentábamos revelar… Y todo ello envuelto en una reflexión sobre el propio medio. Josep Toutain primero y Luis García-José María Beá después nos acogieron en sus publicaciones. Pero los lectores no respondieron como esperábamos. La historieta de siempre, la de argumento literario, a ser posible con anécdota sencilla, estaba más arraigada de lo que creíamos.

En realidad no tuvimos ocasión –quizá ni siquiera tiempo- de presentar nuestro proyecto de manera coherente. La euforia renovadora de los ochenta terminó pronto y, además, no ofrecía una estructura editorial sólida –el predominio del formato revista obligaba a la fragmentación de la obra-. Puede sonar a excusa para no admitir que el mercado ya dio su oportunidad a estos trabajos. Estamos convencidos de que no. Por eso lo que presentamos aquí no es una reedición. No se trata de recuperar para las nuevas generaciones un trabajo que marcó una época. Se trata de presentar en su verdadera dimensión un proyecto meditado y extremada, casi dolorosamente cuidado. Como testimonio de un tiempo que fue pero también como propuesta para el que está siendo.

Dicen que el paso del tiempo somete todo –arte y vida- a su polvorienta pátina. Pero no lo trata siempre igual. Mientras que a algunas obras las estraga en pocos meses a otras las preserva durante siglos. El paso del tiempo depende del calzado que use. Y nosotros, como puede verse en la portada, al tiempo le compramos unos hermosos zapatos. Vean si todavía le duran.