Antonio Altarriba

El cuento feo

Texto Antonio Altarriba, publicado en Letra Internacional nº 33. 1994

En el país de los cuentos, los críticos mandan

Había una vez un país en el que los cuentos tenían una gran importancia. La gente no sólo leía en su casa sino que también se reunía en plazas y salas de conferencias para contarse historias o para comentarlas. Reflexionaban sobre los relatos tradicionales y también sobre las últimas novedades. Pero curiosamente —o quizá como era de prever—. los escritores no gozaban de un gran predicamento.

Por el contrario, los críticos, los narratólogos y los analistas del relato eran respetados y tenían un gran poder. Las conclusiones que sacaban de los cuentos se convertían a menudo en norma social, incluso llegaban a considerarse pautas de obligado cumplimiento para todos los ciudadanos. El rey del país de los cuentos nunca tomaba una decisión sin escuchar los consejos de los expertos en el arte de contar. Era un país en el que los cuentos, realmente, contaban.

Como podrán fácilmente imaginar, en el país de los cuentos la vida resultaba fantástica. La realidad procuraba imitar la ficción. La administración del Estado realizaba un gran esfuerzo para financiar prodigios y subvencionar acontecimientos extraordinarios. Se recompensaba con un zapato de cristal y una dote fabulosa a aquellas muchachas que, en lugar de presumir, trabajaban hacendosas en el hogar. Se perseguía con saña a los lobos feroces. Se invertían grandes sumas en un complejo proceso de reconversión de sapos en príncipes (y viceversa). Pero la mayor parte del presupuesto se lo llevaba el ministerio de hadas madrinas y genios encantados que se encargaba, claro está, de hacer realidad los deseos de los ciudadanos. Si señores, en el mundo de los cuentos todo parecía funcionar a las mil maravillas, ¿Todo? Buena, casi todo. Una sombra de oprobio amenazaba la existencia de tan fabuloso lugar. En esa región de relatos profundos, líricos, arrebatados o dramáticos había uno que avergonzaba a sus habitantes. En el país de los cuentos había un cuento feo.

Nadie sabía cuándo había sido escrito ni quién era su autor. Ignoraban incluso cómo había conseguido perdurar a lo largo de los años. Su origen y su existencia estaban envueltos en el más oscuro de los misterios. Permanecía ahí irradiando una inquietante influencia y desafiando la experiencia de los críticos que, en cuestión de cuentos, parecían conocerlo todo.

La teoría del origen y evolución de los cuentos

Los historiadores del cuento tenían establecida desde hacía tiempo una teoría sobre el nacimiento y la evolución de los cuentos. Al parecer, cuando caía la noche, los primitivos pobladores del planeta se reunían alrededor de una hoguera. Ese era un momento muy especial en la jornada de nuestros antepasados. Toda la tribu permanecía unida e inactiva. Apretados los unos contra los otros, se dejaban hechizar por el crepitar de las llamas mientras guardaban un silencio embelesado. Formaban un círculo protector. Sus cuerpos levantaban una barrera contra el frío y la oscuridad.

Una noche alguien lanzó un conjuro contra las tinieblas y la intemperie. La siguiente, otra lo repitió a su manera. Poco a poco se acostumbraron a recitar toda una serie de fórmulas con las que pretenderían ahuyentar los peligros que les acechaban. Luego intentaron darles una explicación. Comprobaron que, entendiendo el mundo, éste resultaba menos amenazador.

Así que fueron descubriendo o inventando las razones del comportamiento de las fieras, de las tempestades y de la naturaleza en general. Y, como podrán fácilmente adivinar, eso ya era un relato. Es más, eso era la esencia de todos los relatos. Por lo tanto para los habitantes del país de los cuentos el origen de las narraciones estaba muy claro. Todos los cuentos provienen del miedo. De ese miedo a nuestro entorno que todavía hoy, de vez en cuando, nos pone los pelos de punta.

Esta hipótesis sobre el nacimiento del relato planteaba numerosos interrogantes: ¿existirían los cuentos si no se hubiera descubierto el fuego? ¿Se puede inventar una historia cuando se tiene frío? ¿Los escritores son los más cobardes de la tribu?… Sin embargo, a pesar de las dudas que suscitaba, la teoría era generalmente admitida porque, sí bien se mira, explica muchas cosas. La primera y más importante, que las historias que nos contamos son reveladoras no tanto del funcionamiento de lo que nos rodea como de nuestra desamparada tiritona ante el mundo. No dan cuenta de la realidad sino de nuestras debilidades y carencias. Aunque las disfracemos con el ropaje de la ciencia o de la filosofía, todas resultan igualmente ficticias. Los relatos que sin cesar intercambiamos no expresan nuestro afán de conocimiento sino nuestra necesidad de ampliar ese circulo cálido y luminoso que nos mantiene al abrigo de la inmensidad de las tinieblas.

Gracias a esta teoría, los habitantes del país de los cuentos también entienden otros curiosos fenómenos. Por ejemplo, que todavía hoy y a pesar de la electricidad y de otros adelantos, continuemos prefiriendo escuchar o leer historias a esa hora incierta del atardecer en la que se enciende el hogar y la familia se agrupa. En realidad, nos las seguimos contando al amor de una lumbre protectora y las seguimos utilizando como bálsamo tranquilizador. Un bálsamo que nos aplicamos antes de dormir, antes de sumirnos en la oscuridad.

Además, los habitantes del país de los cuentos, están convencidos de que este origen, en el que el conjuro se mezcla con el ritual, proporciona a los relatos ciertas propiedades, curativas. Alejan los peligros y alivian los sufrimientos. Permiten a Sherezade aplazar la muerte durante mil y una noches, y a los fugitivos de una peste olvidar el peligro durante. Las diez jornadas del Decamerón. Consuelan al desgraciado, dan ideas al emprendedor e incluso desaniman al malvado. Siempre se puede sacar algo de ellos. Quizá a primera vista algunos no parezcan muy útiles. Pero, por lo menos, todos desprenden luz y calor.

La teoría sobre el origen de la narración proporciona también otras muchas claves… Gracias a ella. Los habitantes del país de los cuentos habían aprendido conocer el mundo y sobre todo a cono­cerse a si mismos. Pero, como les decía antes, a pesar de su sabiduría, un misterio permanecía obcecadamente indescifrable. No conseguían explicarse por qué existía un cuento feo.

Un escritor contra el cuento feo

Decididamente era una vergüenza. La existencia del cuento feo no solo minaba el prestigio internacional del país sino que hacía cundir el desánimo entre la población. Un cierto sentido de la imperfección se mantenía fuertemente arraigado en las conciencias. Los habitantes del país de los cuentos creían en su sistema de valores y aceptaban la organización que de él se derivaba. Pero al mismo tiempo debían convivir con un ejemplo evidente de disfunción, El cuento feo representaba la posibilidad del error, incluso, para algunos alarmistas, de la catástrofe. La desconfianza, tan insidiosa aquí como en los demás países, se infiltraba en las actitudes y comportamientos de los ciudadanos. No faltaron los encendidos patriotas que llegaron a proclamar que el cuento feo afectaba directamente al orgullo nacional y debía convertirse por tanto en una cuestión de Estado.

El rey no solía prestar mucha atención a manifestaciones tan extremas. Pero se desencadenó una crisis narrativa más profunda de lo normal y tuvo que ceder a las presiones de la opinión pública. Apenas aparecían nuevos relatos en el mercado. Algunos sectores achacaban la disminución de la producción literaria a la nefasta influencia del cuento feo. Como consecuencia de la escasez de relatos, las soluciones a los problemas se hacían menos numerosas y también menos ingeniosas. La apatía empezó a hacer mella entre la población. Los cuentos no despertaban el mismo interés que antes. Llegaron a correr rumores de que la imaginación se estaba agotando. Cualquier gobernante sabe que los vasallos aburridos y tesoro de ficciones públicas en bancarrota son síntomas inconfundibles de una situación prerrevolucionaria. Así que el monarca se vio obligado a tomar una decisión histórica. Ofreció la mano de su hija a quien acabara con el cuento feo.

Muchos aplaudieron esta medida pero a otros les pareció una reacción precipi­tada, provocada tan sólo por el pánico. Los más ponderados especialistas en el arte de contar siempre habían sido partidarios de mantener un absoluto silencio sobre el cuento feo. Pensaban que de esta manera se acabaría olvidando su existencia o quedaría como una simple curiosidad arqueológica. El decreto real por el que se ofrecía en matrimonio a la princesa concedía un protagonismo perjudicial a tan espinosa cuestión. Críticos y narratólogos se enzarzaron en interminables discusiones. La clase poli tica estaba dividida. Algunos cuestionaban incluso la legalidad de un mandato que consideraban totalmente injusto. La hija del rey aparecía como un simple objeto que servía de recompensa al vencedor. Además, se marginaba a las mujeres que naturalmente, no tenían ningún interés en desposar a una princesa.

El debate sobre la medida adoptada adquirió tales dimensiones que se perdió de vista el problema que lo habla provocado. Nadie hablaba ya del cuento feo ni de la crisis narrativa que afectaba al país. De hecho, la nueva situación generó numerosos relatos sobre bodas principescas, reyes machistas, amenazas mundiales, salvadores del pueblo e incluso sobre críticos que se equivocaban. La gente recobró el interés por los cuentos y poco a poco, la situación se fue normalizado. Al cabo de unos meses la vida volvía a transcurrir con tranquilidad en el país de los cuentos. Todos se habían olvidado del problema.

¿Todos? No. No todos, Sólo una per­sona en todo el país parecía haberse to­mado en serio de decreto del rey y se había, propuesto afrontar el reto que suponía el cuento feo. Se trataba de un joven escritor de segunda fila, conocido en algunos sectores por la audacia de sus historias y por su espíritu innovador. Le gustaba correr riesgos y le tentaba la aventura» pero no se sentía motivado por un espíritu altruista o por un afán de salvar a sus compatriotas. Desde que en uno de los frecuentes y fastuosos desfiles rea les divisó a la princesa, su vida dio un vuelco.. La lívida tristeza de su rostro, una sensualidad profunda pero amortiguada por el protocolo, su enigmática discreción o quizá algo todavía más imperceptible, provocaron en el escritor unas sensaciones desconocidas. Enseguida quiso tenerla. No sabía si en su vida o en sus cuentos, pero necesitaba hacerla suya. Durante meses estuvo dudando ¿La abordaba en palacio o en la página? ¿Se la inventaba con los sentimientos o con la pluma? ¿Amaba o escribía?

La proclamación del edicto real ofre­ciendo la mano de la princesa le pareció una oportunidad providencial para resolver su dilema y dar rienda suelta a su pasión (afectiva o literaria?) No sabía si acabaría casándose o redactando un cuento, pero tenia que lanzarse. a la aventura. Así que se puso inmediatamente manos a la obra. Si quería acabar con el cuento feo, debía informarse debidamente sobre la vida y costumbres de los relatos. Como escritor, conocía la teoría sobre el origen de los cuentos y algunas otras que derivaban de ella. Pero necesitaba estudiar más.

Aprendió muchas cosas pero no todas le interesaron de igual manera. Procuró centrarse en aquellos datos que le permitieran localizar el cuento feo y conocer sus puntos débiles. Para ello le pareció esencial saber de qué se alimentan los relatos. De acuerdo, nacen del miedo de los hombres pero, ¿de qué viven? Manejó diversas hipótesis pero sólo una retuvo su atención. Esta teoría, conocida como teoría de la distancia o de la nutrición por diferencia, sostiene que los cuentos se mantienen gracias a un principio tan evidente como indiscutible; «no todos los países son como este ni todos los tiempos han sido como los de ahora». Los cuentos pueden vivir gracias a que existen oros lugares y a que han existido otras épocas. Poco importa que esos otros espacios o esos otras tiempos sean reales o inventados, que provengan de la memoria o de la imaginación. Sólo importa que sean distintos y distantes. La ficción se nutre de la diferencia entre lo que es y lo que fue, entre lo que es y lo que será, o entre lo que es y lo que hubiera podido ser. Así que los cuentos viven de la nostalgia o del deseo, en cualquier caso de un empeño en negar al aquí y el ahora, de una necesidad de olvidar los inconvenientes del presente. Por eso los cuentos suelen empezar con una fórmula ritual que como un encanto hipnótico, borra el momento actual: «Erase una vez,…» «En los tiempos de Maricastaña…» o «Había un país llamado…» En un lugar remoto..
A nuestro escritor le parecía que esta teoría era en realidad una prolongación de la teoría de los, orígenes. Los cuentos y la vocación fabuladora en general dependen del miedo para nacer y del deseo o de la nostalgia para mantenerse. Miedo, deseo y nostalgia son tres sentimientos que expresan una carencia. De lo cual deducía que narrarnos porque echamos en falta, porque todavía hoy, porque quizá por siempre estemos insatisfechos.

A veces el pensamiento del escritor se distraía de los densos tratados de narratología y se ponía a imaginar el momento en el que entraría triunfante en el palacio del rey, ¿Cómo reaccionaria ella? ¿Le acogería llena de admiración o le aceptaría resignada? ¿Su encuentro despertaría en él un deseo carnal o un deseo escritural? Reconstruía en su mente las posibles situaciones que se derivarían de su hazaña y así obtenía fuerzas para seguir adelante en su tarea. Pero en otras ocasiones se desanimaba y pensaba que tanto estudio no servía para nada, que nunca lograría su objetivo y que más le valía volver a sus cuentos experimentales.

La critica funcional le desagradaba especialmente. Su estudio le aburría pero también entendía que: para acabar con el cuento feo debía conocer cuáles eran las funciones que cumple un relato. Se limitó a aprender de memoria principales argumentos sin profundizar en sus implicaciones. «Los cuentos tienen como principal función promover la cohesión social», repetía. en voz alta. Y luego se adentraba en los razonamientos utilizados por los expertos. Resultaba evidente que quienes conocían las mismas historias compartían un patrimonio que, más que conocer, les permitía reconocerse. Si alguien habla de Blancanieves todos pensamos en la imposibilidad de secuestrar la belleza; si se menciona a Edipo, los horrores de la tragedia familiar surgen en todas las mentes. Los relatos funcionan por lo tan to como consignas culturales que identifican al grupo. Los cuentos crean entre los individuos unos vínculos más sutiles y profundos que el parentesco o la raza. Configuran nuestra sensibilidad y nos hacen participar de una misma vi­sión del mundo. Los. teóricos funcionales del relato concluyen afirmando que los que imaginan unidos permanecen unidos.

Nuestro escritor se entretenía imaginando la vida en un país sin cuentos. Veía a sus habitantes deambulando dispersos, inconexos, perdidos. Convivirían como extraños en un mismo espacio sin saludarse ni reconocerse. Se cruzarían pero no se comunicarían. Tendrían palabras pero desconocerían la manera de organizarlas. Podrían hablar pero no sabrían decir. Tampoco serían capaces de entender el mundo que les rodeaba ni de agrupar o relacionar los diversos seres y objetos. Nada tendría sentido. Desde nuestra óptica de amantes de la ficción, la ausencia de cuentos tendría efectos devastadores sobre el hombre. Pero nuestro escritor se preguntaba si esa situación no comportaría también sus ventajas. Al fin y al cabo la total ausencia narrativa deja al individuo vacío y ensimismado, silencioso por dentro y por fuera. Quizá feliz o, por lo menos, ignorante de la desgracia. Y el escritor se atrevía a suponer que los cuentos no son algo esencialmente bueno. Simplemente se limitan a dramatizar nuestras relaciones. Y en ese proceso de dramatización inventan el bien y el mal, la dicha y el sufrimiento. Y, ¿puede acaso asegurarse que eso sea inequívocamente positivo?

Como podrán ustedes comprobar, el intrépido escritor hacía rápidos progre­sos. Cada vez se sentía más seguro de sus posibilidades y aumentaba su confianza en el triunfo sobre el cuento feo. No sólo entendió los mecanismos por los que se regían las distintas tendencias críticas sino también la relatividad de algunas de sus conclusiones. El mismo se atrevió a plantear algunas cuestiones. Se preguntó si los cuentos transmiten siempre las mismas historias o si, por el contrario, cada uno es distinto de los demás. En definitiva, ¿pretenden despertar en nosotros la sorpresa o tan sólo el reconocimiento de esquemas y estructuras ya asumidas? ¿Se basan en la inquietud del suspense o en el hechizo de la repetición ritual? Probablemente —se contestaba— combinan ambos ingredientes en proporciones diversas según los casos. Pero entonces, ¿los cuentos que desarrollan situaciones insólitas producen menos cohesión social que los que utilizan las intrigas de siempre? Llegó incluso a inventar unas tablas que medían los valores contenidos en un relato. Con ellas podía calcular con exactitud el grado de cohesión o de transgresión que propiciaban. Pero, por supuesto, nunca creyó en este sistema. Tan sólo le servía para burlarse de todos aquellos métodos que pretenden valorar y clasificar con excesivo rigor una materia tan inestable y temblorosa como la materia narrativa.

No todas las princesas son para casarse

Por fin, el joven escritor se sintió preparado para cumplir su misión y se lanzó a la aventura. Sólo al emprender el trayecto comprendió lo temerario de su propósito. Para empezar, ni siquiera sabía cómo localizar el cuento feo. Por supuesto no se podía adquirir en ninguna librería ni consultar en ninguna biblioteca pública. Todos hablaban de él y de sus perjudiciales efectos pero, ¿acaso alguien sabía dónde se encontraba? El escritor se dio cuenta también de que nunca nadie había hecho ningún comentario sobre la historia que en él se contaba ni tampoco había explicado las razones por las que resultaba tan horrible. Llegó a preguntarse si alguien lo habría leído. Incluso estuvo a punto de acercarse a la corte y poner en un aprieto a los narratólogos reales interrogándoles sobre estos temas. Pero finalmente prefirió no desviarse de su objetivo y continuó la búsqueda.

La Biblioteca Nacional debía de tener un ejemplar, quizá el único, del cuento feo. Hacia allí se dirigió nuestro escritor. El primer obstáculo se presentó al solicitar al archivero su insólita demanda. Los empleados de la Biblioteca se quedaron boquiabiertos y sin saber cómo reaccionar. Uno de ellos intentó salir del apuro argumentando que debía proporcionar el título de la obra, el nombre del autor y, a ser posible, el número de registro. Añadió que como «cuento feo» no tenía nada clasificado y por lo tanto no podía tramitar su pedido. El escritor se indignó y exhibió el real decreto donde se citaba el cuento feo sin otra precisión. Por fin el Bibliotecario Mayor tuvo que intervenir y, mirando al escritor por encima de sus lentes, le ordenó que le siguiera.

Recorrieron largos corredores, atravesaron salas abarrotadas de legajos, descendieron escaleras y llegaron por fin a los resótanos de la Biblioteca. Un relente de polvo y tinta vieja les acogió. Un escalofrío recorrió la espalda del escritor. A la débil luz de velas veas pudo distinguir un espacio circular con cuatro enormes puertas negras. El Bibliotecario le explicó que en ese lugar se guardaban los cuentos secretos del reino, aunque él prefería llamarlos los cuentos imposibles.

Detrás de la primera puerta se encontraba un relato abrasador. No se podía sujetar entre las manos porque su simple contacto levantaba ampollas. Estaba escrito con fuego y dejaba ciego a quien intentara leerlo. La segunda habitación estaba azotada por un viento ensordecedor. Las fuertes corrientes de aire impedían acercarse a un cuento que permanecía extrañamente inmóvil en el centro de la pieza. En el caso de que alguien llegara hasta él y consiguiera abrirlo, descubriría que las hojas desplegaban el vuelo y formaban un torbellino de papel y letras. Quienes en estas desfavorables condiciones pretendían además enterarse de su contenido, no tardaban en volverse locos. Tras la tercera puerta se ocultaba un cuento de páginas húmedas escrito con sal. Sólo se podía descifrar lamiendo las hojas. Pero el sabor de sus signos provocaba un amargo llanto y una tristeza tan profunda que el lector perdía las ganas de actuar y de moverse. Se quedaba paralítico. Esclerótico.

A pesar de los terroríficos efectos de estos tres relatos, el secreto del último cubículo era mucho más inquietante. El bibliotecario desconocía lo que había al otro lado de la puerta pero estaba convencido de que sólo se podía tratar del cuento feo. Varios narratólogos reales se habían adentrado con grandes precauciones en la misteriosa estancia. Como medida de seguridad penetraban atados a una cuerda y protegidos con unos lentes especiales. Siempre se les había sacado en un estado extremadamente grave, afectados por el peor de los males conocido en el país de los cuentos. Todos habían salido prácticamente muertos de aburrimiento.

Se les había interrogado sobre lo que habían encontrado en el interior. Entre bostezo y bostezo sólo había podido manifestar su incapacidad para terminar de leer el cuento. Ni siquiera habían llegado a enterarse muy bien de qué trataba. Cada cuatro años un nuevo narratólogo, de gustos y criterios muy distintos al anterior, lo volvía a intentar pero siempre con resultados infructuosos.

Ya se puede imaginar con la inquietud con la que nuestro protagonista escuchaba estas informaciones. Cuando el bibliotecario le advirtió que en su caso no tenía autorización para protegerle ni podía garantizarle su rescate, el escritor estuvo a punto de volverse atrás. Por fin, no tanto por valor como por curiosidad, se decidió. El bibliotecario, que confiaba en los efectos disuasorios de sus historias, quedó sorprendido ante esta reacción, pero tampoco insistió. Simplemente le recomendó que entrara de inmediato. Que se prepara mentalmente y pensara siempre antes de actuar. Luego, como si temiera presenciar lo que avecinaba, desapareció con rapidez.

A solas ante la enorme puerta negra, el escritor se puso a reflexionar sobre lo que iba a encontrar al otro lado. ¿Cómo podía acarrear tan nefastas consecuencias la simple lectura de un cuento? Y, sobre todo, ¿qué es lo que hace que un cuento sea feo? Repasaba los conocimientos adquiridos en las últimas fechas e intentaba encontrar una respuesta ¿Cuáles son los requisitos que incumple? ¿Acaso no nace del miedo como los demás? ¿No desempeña funciones de cohesión social? Pero en ese momento decisivo una cuestión le preocupaba especialmente: ¿Cómo debería hacerle frente? ¿Cómo se acaba con un cuento feo? ¿Se le destruye o se le embellece?

Sabía que todas esas dudas solo se despejarían en el momento en que se enfrentara con su objetivo. Así que se armo de valor y empujó la puerta. Y cuál no sería su sorpresa al comprobar que no se abría. Insistió con más energía y también resultó inútil.

Parecía totalmente bloqueada. Nuestro escritor ni entendía nada. Estuvo a punto de abandonar. ¿Qué otra cosa podía hacer? Pero de pronto la solución se le apareció con total evidencia. La puerta  no se habría hacia adentro sino hacia fuera. Colocó la mano en el picaporte, tiró suavemente hacia sí y la hoja empezó a moverse. Una desconocida ansiedad se agolpó en su garganta y, sin poderlo evitar, cerró los ojos.

Esos instantes duraron una eternidad. El pesado chirrido de los goznes se le antojaba un siniestro entrechocar de letras o el sonido de palabras resquebrajándose. Cuando, finalmente, la tuvo abierta de par en par, contó hasta tres y levantó los párpados.

Ante él un muro. Una pared lisa se erguía tras el dintel. Ninguna habitación ni por supuesto ningún cuento. El escritor tuvo que sentarse en el suelo. Tardó varios minutos en salir de su sorpresa. Contemplaba atónito la superficie de esa tapia contra la que chocaba toda su capacidad de comprensión. Poco a poco la perplejidad dio paso a la indignación. Todo era una patraña. La intranquilidad del país, la mayor parte de los conflictos y las crisis nacionales estaban motivados por algo que realmente no existía. ¿Quién era el responsable de semejante engaño? ¿A qué consignas obedecía el bibliotecario al contar semejantes historias sobre los efectos del cuento? ¿Cuál era el papel de los narratólogos en este compló? ¿Estaba al corriente el propio rey?

La primera reacción del escritor fue dar a conocer su descubrimiento. Inició el camino de regreso sumido en sus pensamientos. Distraído y precipitado, no prestó mucha atención a los lugares por los que pasaba, de manera que no tardó en comprobar que se había perdido. Las salas repletas de legajos daban paso despachos abandonados o a pasillos cubiertos de hojas y papeles desordenados, las estanterías sucedían a los archivadores. No se divisaba a ningún empleado a quien poder preguntar, así que el escritor llegó a suponer que había caído en una trampa. No se podía permitir que saliera y contara lo que había visto.

Sentado en unas escaleras que no sabía a dónde conducían, sin decidirse a subir o a bajar, el escritor daba vueltas a los últimos acontecimientos y concluía desanimado: «Así que lo del cuento feo es un cuento». Y esa fórmula, ese juego de palabras fue como un fogonazo en su mente. En un momento cambió su visión del asunto. Efectivamente. El cuento feo no existía. Tan sólo era un cuento. No importaba quién lo hubiera inventado ni cuándo lo hubiera hecho. Pero reunía todas las características propias del relato. Para empezar una historia semejante sólo podía haber surgido del miedo. El miedo a la imperfección, la angustia ante la posibilidad de equivocarnos o de hacer algo que no sea apreciado.

Desde otro punto de vista también cumplía una indiscutible función de cohesión social. Ninguna otra narración había unido tanto a todos los ciudadanos en un sentimiento común de rechazo. Sin embargo sus efectos no podían considerarse negativos. Obligaba a la población a mantenerse vigilante ante el error o la desidia, e introducía un cierto afán de superación. Probablemente incluso la proliferación narrativa que caracterizaba al país sólo pretendía borrar ese primer y defectuoso relato. Al fin y al cabo, pensaba el escritor recordando un conocido libro de cuentos, basta con inventar un pecado original para estimular un inagotable sentimiento de culpa. 

Ahora lo veía claro. El cuento tenía la culpa de todo. Pero no el cuento feo sino el cuento del cuento feo. Porque comprendía, por fin, que no puede existir un relato total y definitivamente horrible que disguste a todo el mundo. El cuento feo sólo puede existir en un cuento.

Al hilo de estos pensamientos el escritor se había puesto en marcha y, sin darse cuenta, como la cosa más natural del mundo, había encontrado la salida de la biblioteca. Pasó sonriente, casi iluminado, por delante del bibliotecario quien le contempló perplejo por encima de los lentes. Se dirigió inmediatamente hacia palacio pero ni por un momento se le ocurrió presentarse ante el rey como triunfador del desafío oficial. Buscó los aposentos de su hija y se anunció como alguien que tan sólo quería contarle una historia y que no se iría hasta que no lo hubiera hecho. La princesa, sorprendida ante tamaño atrevimiento, le recibió. Y el escritor a la luz de su lívida tristeza, le contó cómo por ella había dejado cuentos experimentales, se había perdido en los resótanos de la biblioteca y había descubierto los secretos del cuento feo.

Naturalmente la princesa no le creyó pero le pareció una hermosa historia. El tampoco insistió. Le bastó con que ella se sintiera seducida por su relato. Al día siguiente volvió y también al otro. Le contaba nuevas historias que ella nunca creía. Y así, sin necesidad de desposarla, de cuento en cuento, la fue haciendo suya. Por fin la tuvo. Todavía hoy en el país de los cuentos siguen creyendo en la existencia de un cuento feo. El escritor no desveló nunca su descubrimiento. En cualquier caso, de haberlo hecho no le habrían creído. Pero no se calló por eso sino, simplemente, ni siquiera pensó en ello.

Era demasiado feliz con su nueva ocupación, inventando historias par su amada. Desde su aventura en la Biblioteca Nacional acometía sus tareas literarias con un renovado entusiasmo. El hecho de haber superado la prueba no le había proporcionado ningún honor público, pero le daba satisfacción interior y una mayor seguridad en sus habilidades narrativas. Sin olvidar, por supuesto, lo que para él constituía la más preciosa recompensa. Gracias a su victoria sobre el cuento feo había conseguido el mejor público posible. Y se dedicaba a disfrutar de él intensamente. Le gustaba contemplar cómo, al hilo de su relato, se encendía en los ojos de su devota oyente un brillo ilusionado, la llama todavía viva de una primitiva hoguera.

Nuestro escritor se había pasado así toda la vida. Pero ocurrieron otras cosas que le obligaron a interrumpir tan deliciosa actividad. Tuvo que hacer frente a incidentes que no relataré porque forman parte de otras historias. Sólo diré que hubo de todo en su existencia. Momentos buenos y momentos malos. Porque deben ustedes saber que ni siquiera el hecho de vivir en el país de los cuentos garantiza un final feliz. En cualquier caso, él siempre guardó un excelente recuerdo de esa época hasta el punto de considerar que esos habían sido sus únicos momentos de auténtica dicha. Y es que, aunque él mismo no lo quiera reconocer, todo escritor sueña con ser escuchado por una princesa.

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ANTONIO ALTARRIBA

  • Neuróptica, estudios sobre el comic. Servicio Publicaciones del Ayuntamiento, 1993.
  • Queste. Universidad del País Vasco, 1986.
  • Sobre literatura potencial. Universidad del PaísVasco, 1987.
  • «La ciudad, el camino y la literatura». Letra Internacional, 24. Invierno 1991.

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