Antonio Altarriba

«El cielo en la cabeza» en eldiario.es

Altarriba, entre el cielo y el suelo

‘El cielo en la cabeza’ se inscribe en la estela de historietas comprometidas

Publicado por EL PERSEGUIDOR (suplemento dominical de Diario de Avisos) 12/05/2024 escrito por ANDRÉS FAJARDO

Una novela es un espejo que se pasea por un ancho camino

Stendhal

La llegada a las librerías de El cielo en la cabeza coincidió felizmente con ese momento del curso en que tocaba revisitar Platón en clase y explicar su célebre alegoría de la caverna. Coincidió también con una nueva llegada de pateras a Canarias y con la escolarización en nuestro instituto de varios adolescentes del África subsahariana, semejantes a Nivek, el protagonista de la última creación de Antonio Altarriba. El archiconocido fragmento de La República es, como se sabe, un clásico: un libro, según la definición de Italo Calvino, que nunca termina de decir lo que tiene que decir. Y por eso pude adaptarlo en mi imaginación al propósito del cómic de Altarriba, al ofrecer ambos una metáfora sobre la ceguera de Europa respecto a la realidad atroz que oculta nuestra algodonada sociedad de la información en lo que a la inmigración africana se refiere: “Iguales que nosotros”, escribía Platón, son “esos extraños prisioneros”, pues confrontados al fluir incesante de noticias, datos, cifras y publicidad, somos como aquellos cautivos, anestesiados por el juego de sombras en el fondo de la caverna, cómodos en nuestra ignorancia y autocomplacientes al no querer ver que nuestra opulencia y confort descansan sobre la injusticia, la violencia y la miseria ajenas.

Antonio Altarriba, en la imagen siguiente en un dibujo de Sergio García, es novelista, ensayista y guionista, además de catedrático de literatura francesa de la Universidad del País Vasco. Recibió junto al dibujante Kim el Premio Nacional del Cómic de 2010 por ‘El arte de volar’, la obra que junto a ‘El ala rota’ compone el díptico basado en la vida de sus padres que recorre un siglo de la historia de España. Ha conseguido, entre otros premios, el de la Crítica Francesa por ‘Yo, asesino’, primera entrega de una trilogía que sigue con ‘Yo, loco’ y ‘Yo, mentiroso’.

Durante la lectura del texto platónico en clase dejé a Altarriba al margen, por no mezclar demasiado lo profesional con lo vocacional. Pero aquellos días acababa de venir a Tenerife el guionista a presentar El cielo en la cabeza, que había devorado yo hipnóticamente, así que en una charla con un alumno, después de clase, no pude resistirme a recomendarle que leyese, no el Fedro, ni el Banquete, ni la Apología de Sócrates, sino cualquiera de las historietas de Altarriba. Le hablé de El arte de volar y de El ala rota, sugiriéndole que sacase en la Biblioteca Municipal la que tuvieran; que en realidad daba igual cuál, porque los cómics de Altarriba -como los diálogos platónicos- eran un valor seguro.Al cabo de unos días el mismo alumno me interceptó por los pasillos y me espetó: “Me gustó mucho”. Yo había olvidado nuestra conversación sobre Altarriba. Así que precisó: “El arte de volar, es el único que había en la Biblioteca. Pero tengo una pregunta: ¿por qué le da el autor tanta importancia a la sexualidad?”. Aquello sí que no me lo esperaba, así que me detuve en seco para rememorar el cómic de Altarriba y asegurarme, antes de responder, que no había incitado a un menor de edad a leer literatura pornográfica (por mucho menos había sido acusado Sócrates, cuando nadie hablaba aún del pin parental, de corromper a los jóvenes). Mi alumno tenía razón, pensé: en todos los guiones de Altarriba había sexo, afortunadamente. Así que le contesté: “Porque la sexualidad existe y es además una dimensión esencial de nuestras vidas: ¿Por qué ocultarla?”. Y al entrar en la siguiente clase, caí en la cuenta de que esa omnipresencia de la sexualidad en la obra de Altarriba tenía que ver con lo que él llamaba el síndrome del vampiro, y con que su obra se situaba en una permanente tensión -platónica, cabría decir- entre el cielo y el suelo. Y me percaté, con asombro, de que El cielo en la cabeza era un ejemplo paradigmático de todo ello.

EL SÍNDROME DEL VAMPIRO

La última novela gráfica de Antonio Altarriba como guionista, Sergio García como dibujante y Lola Moral como colorista, tiene como protagonista a Nivek, un joven congoleño esclavizado en una mina de coltán, forzado a convertirse en niño soldado y a atravesar medio continente africano en un trágico periplo para huir de su destino atroz, con el sueño ilusorio de la Europa prometida en su cabeza, con esa nueva El Dorado como espejismo; en definitiva, con el cielo en la cabeza. Cuenta Altarriba que algunos amigos, tras conocer la temática del cómic, le dijeron que pensaban perderse tamaña colección de atrocidades: violaciones, mutilaciones, esclavitud infantil, violencia y muerte. Es esta renuencia a asomarse al lado más oscuro de la condición humana lo que Altarriba bautizó con la elocuente metáfora del síndrome del vampiro: nos resistimos a vernos reflejados en un espejo, tal y como somos, por resultarnos incómoda o monstruosa la imagen resultante.
En efecto, toda la obra de Altarriba parece responder a ese impulso filosófico de desvelar la verdad más allá de la apariencia, de no ocultarla, de no eludir el abismo, lo escabroso, el tabú y lo incómodo: ¿o acaso no responde a ese impulso el haber decidido, al contar la vida de su padre en El arte de volar, mostrar a su progenitor también como un ser sexuado y sexual? Si los protagonistas de esta cumbre del cómic y de su secuela, El ala rota, son su padre y su madre respectivamente (amén de la historia de España durante el siglo XX), nada de ello puede contarse honestamente sin abordar la brutalidad del franquismo, sí, pero también los escarceos, fantasías y pensamientos más íntimos de papá y mamá.
¿Y qué decir de su “trilogía egoísta”? En Yo, asesino Altarriba se asoma a la pulsión agresiva que anida en el ser humano. En Yo, loco denuncia el fraudulento negocio de la industria farmacéutica en relación a la salud mental. Y en Yo, mentiroso hace un retrato descarnado de la política, ámbito en el que se ejerce con maestría y cinismo el arte de la mentira. Altarriba es inequívoco: frente a los espejismos, pongamos espejos. Sus historias no rehúyen el reflejo del monstruo, al contrario.
El cielo en la cabeza se inscribe, pues, en la estela de historietas comprometidas con el incómodo cometido de contar la verdad. Las noticias en la prensa o los titulares de los informativos de los últimos meses no contaban toda la verdad, al ofrecernos tan solo cifras y, como mucho, una ficha técnica de cada patera o cayuco: número de pasajeros, número de mujeres y niños, número de hipotermias, número de muertos. Pero no contaban si sus ocupantes procedían de Senegal, de Gambia o de Mauritania. No precisaban si eran pescadores arruinados p or las empresas internacionales que habían esquilmado los caladeros en los que tradicionalmente habían pescado sus familias, o si eran mujeres que escapaban de la violencia sexual o niños que huían de la hambruna y de la falta de porvenir. No daban nombres esos titulares ni se hacían reportajes con sus apellidos. No había forma de saber cuál de ellos se llama Suleiman, o Pape Diop, o Mamadou, o Nivek.
Altarriba se propone con El cielo en la cabeza completar esta gran elipsis, contarnos lo que nadie cuenta, lo que Occidente parece no querer saber, pese a incumbirle tanto. Se estructura la obra en siete capítulos autoconclusivos, cada vez más cortos, el último de los cuales describe la llegada a España de Nivek. Es la parte del periplo de estos inmigrantes que nos es familiar, su llegada milagrosa a la fortaleza europea. Sin embargo, aunque la mayor parte de los supervivientes que arriban a nuestras costas llegan solos (han dejado sus familias atrás, en sus países de origen, o a compañeros de viaje que el océano se ha tragado), Nivek llega -gracias a Altarriba, a Sergio García y a Lola Moral- acompañado, escoltado sin saberlo por los lectores y lectoras a las que ha robado el corazón, porque han sido testigos mudos de su pasado: de sus peripecias, de sus sueños y de sus miedos, de sus crímenes y de su irredimible sentimiento de culpa, de su crecimiento y evolución a lo largo de esos seis capítulos precedentes en los que Nivek va cumpliendo años, desde los doce hasta los dieciséis. No queríamos ver sino la punta del iceberg pero Altarriba, en compañía de Sergio y de Lola, nos ha sumergido y obligado a ver toda la roca de hielo en su magnificencia. Y ahora ya no podemos quitarnos a Nivek de la cabeza, ahora no es posible el autoengaño de mirarnos al espejo y pretender no ver nada; ahora no cabe regresar al inframundo ilusorio y superficial de la caverna.

No había forma de saber cuál de ellos se llamaba Suleiman o Pape Diop

EL AZUL DEL CIELO EN LOS BARRIZALES

Stendhal defiende la causa del realismo al imaginar al novelista como alguien que planta en mitad del camino un espejo que “tan pronto refleja el azul del cielo ante nuestros ojos, como el barro de los barrizales”. Podríamos pensar que Altarriba se regodea en los aspectos más lúgubres, truculentos y luctuosos de la existencia: en el barro de los barrizales. Pero una lectura más atenta de su obra nos revela todo lo contrario: una vocación hacia la luz, un impulso ascendente, una tensión vertical hacia el ideal.
No por casualidad encontramos en sus títulos metáforas aéreas: El arte de volar, El ala rota, El cielo en la cabeza. E incluso su trilogía egoísta es más un ejercicio de crítica social que una indolente muestra de cinismo. Y es que si Altarriba baja al barrizal de nuestra condición humana, al de la guerra civil española y la posguerra, o al de la codicia de los mercaderes de coltán y de personas en África, es para que su grito de denuncia sea creíble y eficaz. Pero ese grito nace del ideal de justicia y de belleza que inspira a todo escritor comprometido, ese ideal que resumió Kant en su epitafio: “Dos cosas llenan el ánimo de admiración y respeto: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral en mí”.
Porque en El cielo en la cabeza hay, pese a lo dicho, muchísima belleza. No sólo gracias al dibujo innovador y expresivo de Sergio García, o a la paleta de colores de Lola Moral, elegida concienzudamente para enfatizar la idiosincrasia específica de cada etapa del camino. También hay belleza en los personajes secundarios y en los temas colaterales que enriquecen a esta novela gráfica total. Sus autores han reconocido haber tenido que aplicar filtros para suavizar la crudeza de la historia: Altarriba en la selección de las anécdotas (suprimiendo las más brutales e indigestas), Sergio García al no regodearse en el morbo de la violencia explícita y Lola Moral al evitar la estridencia cromática.
Pero estos tres filtros no los han aplicado para rebajar -sino para acentuar- la belleza del cómic. Y así, en esos cuatro años de viaje descubrimos cómo forja Nivek una conmovedora amistad, cómo irrumpe el amor en su vida, cómo el sexo brutal se sublima. El cómic más negro de Altarriba es también el más colorido. Y no porque haya abandonado el blanco y negro de Kim y de Keko, que también, sino porque en esta nueva entrega encontramos aventuras, realismo mágico, sentido del humor, paisajes deslumbrantes, tradiciones antropológicas y conflictos, muchos conflictos que hacen la lectura adictiva y ágil.
Altarriba se encuentra, como en aquel álbum de Mecano, entre el cielo y el suelo, en permanente tensión. No incurre en un idealismo puro o ñoño, ni en la evasión escapista, pues busca el cielo azul en los reflejos turbios del barrizal. Un impulso ascendente recorre todo su universo creativo. Es el mismo impulso hacia la luz que encontramos en la alegoría de la caverna, cuyo comienzo (al mostrarnos una gruta y la salida de la misma de quien se halla prisionero en ella) coincide con el de El cielo en la cabeza. El periplo de Nivek es ascendente; busca huir del infierno y alcanzar el cielo en la Tierra, pero sin engaños ni autoengaños.
En ese limbo, en esa permanente tensión dialéctica y platónica, con el cielo en la cabeza pero los pies en la tierra, se sitúa y nos sitúa la obra de Antonio Altarriba (incluso su apellido apunta en la dirección en que hemos de mirar): entre el cielo y el suelo.
Por eso sus cómics, y en particular El cielo en la cabeza, nos conmueven, nos sorprenden, nos divierten, nos espantan y nos hacen reír. Pero ante todo, como resultado de nuestra aventura lectora, nos elevan.

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