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Cómo ser nación

Maragall e Ibarretxe, en impecable dúo a capella, entonaron el otro día el “somos una nación”, uno de los mayores éxitos mediáticos de la temporada. Quisieron así zanjar las dudas que al respecto nos asaltan al común de los mortales. Porque ¿cuáles son los requisitos que legitiman a una comunidad para aspirar a su reconocimiento como nación?

Si dejamos de lado las implicaciones jurídicas, arbitrarias por definición, en los demás ámbitos el hilo de la reflexión se pierde por los más insospechados recovecos. Según todos los indicios, la nación debe contar con un pasado rico en tradiciones y hechos diferenciales. Pero ¿basta con remontarse a los suevos o hace
falta aportar raíces prerromanas? ¿Es imprescindible haber alcanzado en algún momento la categoría de reino? ¿Se admiten antecedentes árabes como los de Al Andalus? ¿Qué papel cumplen las lenguas propias? ¿Se pueden considerar como tales el aranés, el bable o el aragonés…?

Otra manera de aclarar el tema podría provenir de la cota de poder o, por utilizar la voz al uso, del nivel competencial del que goza la comunidad en cuestión ¿Cuánta soberanía necesita una nación? ¿Basta con tener policía, capacidad recaudatoria y representación en Europa? Y, hablando de Europa ¿la transferencia de poderes a Barcelona debilita más nuestra cohesión interna que la transferencia a Bruselas? Y, si Cataluña es nación y España nación de naciones ¿debemos considerar Europa nación de naciones de naciones…?

Y quedan todavía por analizar los sentimientos que unen a los individuos con sus territorios ¿Los apreciábamos menos cuando sólo merecían el nombre de comunidad autónoma o, como argumentan algunos, una nación siempre es nación por mucho que se la rebaje de categoría? ¿Hay que querer por igual a la nación y a la nación de naciones? ¿Qué ocurre cuando el afecto crece asimétrico y queremos más a una que a otra? ¿Podemos permitir, en función de la solidaridad interterritorial, que vascos y catalanes tengan una nación a la que amar mientras riojanos o cántabros ven su pasión limitada por el techo afectivo de la simple autonomía? Y algo que palpita
en el fondo de la cuestión ¿qué diferencias existen entre el apego, la querencia o la morriña y la sensibilidad nacional? ¿La sensibilidad nacional equivale al patriotismo? ¿Se puede ser patriota careciendo de ella o, al revés, un buen patriota debe estar exento de sensibilidad nacional?

Incluso los clásicos como Rousseau o Sieyès a los que ahora muchos se remiten vacilaron a la hora de definir un término tan tergiversado en función de los intereses en juego. Lo más probable es que, ni siquiera cuando culmine el proceso estatutario, sepamos qué es una nación. Pero, como el gato de Alicia, habremos aprendido que, para conocer el significado de una palabra, no hace falta consultar el diccionario sino saber quién manda.

Antonio Altarriba
29 de enero de 2006