Antonio Altarriba

Carpanta

Parte del capítulo La historia del tebeo del libro La España del tebeo publicado por Editorial: Espasa Calpe en 2001.

Ser criado de historieta no es gran cosa. Como hemos podido comprobar, aún es menos ser oficinista. Pues bien, queda un último puesto en el ya de por sí degradado escalafón social de los personajes de historieta. Los que no tienen nada. Ni trabajo donde les vapuleen por cuatro pesetas, ni familia que les impida realizar sus sueños de tranquilidad hogareña… Por no tener, no tienen ni deudas. Su economía está por debajo de esos mínimos que obligan al préstamo o a la petición insistente de aumento de sueldo. Dependen de las sobras, de las migajas de una sociedad sin excedentes, es decir, de casi nada. Consiguen ir tirando, más que por sus propios recursos, porque han desarrollado una misteriosa resistencia a los efectos del hambre. Son vagabundos y viven de milagro… Y ese milagro es el que, episodio tras episodio, se nos cuenta en sus series.

Ya mencionamos un poco más arriba algunos ejemplares de esta especie resistente a la extinción como Nabucodonosor y Pío, pero quien da peso a este tipo de personajes, quien les otorga la categoría necesaria para constituir un grupo con características específicas es, sin lugar a dudas, Carpanta [Figura 8]. Producto también del ingenio de Escobar, ve la luz en 1947 en la revista Pulgarcito. A primera vista nadie diría que soporta tantas miserias. Y es que se esfuerza en ofrecer un aspecto pulcro e, incluso, distinguido. Lleva levita, sombrero y exhibe un aparatoso cuello duro adornado con una pajarita. Pero esos toques de distinción hacen aguas por múltiples agujeros. Debajo de la levita se adivina una vulgar camiseta a rayas, el sombrero es un canotier de ala quebrada y el gigantesco cuello duro no parece destinado a reforzar su elegancia sino a ocultar el mentón y parte de la boca, dos zonas de su anatomía que nunca conoceremos. Una barba de varios días, que, debido también al cuello duro, solo la vemos aflorar por las mejillas y el bigote, denuncia el abandono o, más bien, la falta de recursos para atender su aseo personal. Además y por si fuera poco, en algún episodio[1], tras inusual lavado de su levita, descubrimos que la prenda está hecha de remiendos de todos los colores y que su tonalidad negra se debe a una capa de mugre que la uniformiza y le da apresto.

[1] Pulgarcito n.° 1.726.

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