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Antonio

antonio01-2015

Nací en Zaragoza en 1952 y siempre he vivido entre absorto y abducido por la ficción.

De niño leía con pasión todo tipo de narraciones pero, más que leerlas, me gustaba inventarlas. Pasaba horas dibujando batallas o urdiendo intrigas para la docena de indios que componían mi arsenal de juguetes. Me bastaba abrir el Atlas (Salinas, edición de 1958) para imaginar los más extraordinarios viajes o las más rocambolescas aventuras.

También disfrutaba contando historias a mi amigo Antonio Sarrablo. Íbamos y volvíamos juntos de clase y yo me las arreglaba para que la acción alcanzara su punto culminante al llegar al portal de casa. Así me aseguraba de que, al día siguiente, Sarrablo, aunque sólo fuera para conocer la continuación, vendría a buscarme. Aún recuerdo algunos de los episodios de aquel relato interminable (probablemente de 1963 a 1966) y la atención extasiada de mi amigo. Eran historias inspiradas en tebeos, películas, seriales radiofónicos, novelas de aventuras y contadas desde la erupción hormonal. Esa manera de iniciarme en el arte de narrar me dejó claro desde un principio que, al igual que tantos otros, escribo para que me quieran o, al menos, para que me acompañen al colegio.

Lo de menos para mí ha sido la forma de contar. Y no es que no me importe el medio, pero me gusta cambiar. Encauzo la imaginación por canales distintos y la vierto en viñetas, fotos o palabras. Así varío y me hago la ilusión de que no escribo siempre la misma historia. Creo que diversidad y diversión van de la mano y no sólo en la etimología.

He hecho una clasificación de los distintos géneros y medios que he utilizado. Se trata de una clasificación aleatoria pero que agrupa casi todo lo que he escrito.

No sé si considerarme disperso o divergente pero, de momento y fundamentalmente, soy.